Mientras él se iba marchando

         Saber marcharse cuando llega el momento es una virtud que sólo los desprendidos de corazón saben ponerla en práctica cuando llega la ocasión.

Hoy celebramos la Ascensión: momento en que Jesús deja de aparecerse a los apóstoles resucitado, deja de enseñarles todo lo que se refería a él en la escritura, deja de dar pruebas evidentes y palpables de que estaba vivo para subir al Padre.

            Jesús ha querido aparecerse a los apóstoles, no a todo el pueblo (tal y como lo recuerda Pedro en los hechos de los apóstoles). Sus apariciones muestran su persona glorificada, abren el entendimiento a los apóstoles y los abren a la esperanza.

            Sus apariciones no han sido a los jefes del pueblo, que lo rechazaron y mataron, porque él no pretende ajustar cuentas o cambiar los corazones que no se dejan cambiar. La transformación y conversión que entraña la experiencia del encuentro con el resucitado no fuerza a quien no tiene voluntad de cambiar o, mejor dicho, dejarse cambiar.

            Llega el momento de dejarlos solos, al menos físicamente, de lanzarlos a la experiencia del Espíritu, que les ha prometido justo antes de marcharse. El Espíritu los capacitará para evangelizar, los defenderá y los transformará.

            Al dejarlos Jesús ellos sufren una situación de “pérdida” y ven en el Maestro que se ha entregado por entero el desprendimiento absoluto. Quedan preparados para poder recibir la fuerza de lo alto: el Espíritu.

            El Espíritu los va a guiar como a Jesús y va a hacer de cada uno de ellos un nuevo Cristo hasta entregar la vida por el Reino. El mismo Espíritu inaugura el tiempo de la Iglesia y una Humanidad nueva donde en toda persona, en toda situación y cultura la mano de Dios se hace presente acercándonos a Dios.

            En esta espera del Espíritu tienen una actitud muy sabia ya que lo esperan con la criatura que sabía del Espíritu: María, la madre del Señor Jesús. Ellos permanecerán los días previos a Pentecostés con la Esposa del Espíritu Santo, que al igual que hizo posible con su sí la Encarnación del Hijo, estará presente en el momento de nacimiento de la Iglesia el día de Pentecostés. En el momento en que el Padre les envíe a quien ungió y guio al Hijo: el propio Espíritu.

            Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.

            J.A.

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