No juzgará por apariencias

 

 

Este segundo Domingo de Adviento llega a nosotros de la mano de Juan el Bautista. Aparece Juan, predicando la conversión en el desierto de Judea, y sus palabras ya suenan, movidas por el Espíritu a cristiano: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».

 

Voy a centrarme en este comentario en dos realidades que pueden ayudarnos en nuestro tiempo de espera: el Reino de Dios (o Reino de los Cielos en San Mateo) y en la conversión. De igual manera comentaré cómo la figura de Juan el Bautista que vivió estas dos realidades tal como se nos presenta en los cuatro evangelios.

 

El Reino de Dios o, en palabras de Mateo que como buen hebreo evita nombrar a Dios, Reino de los cielos es el mensaje central del evangelio de Jesús. A él dedicará las parábolas y en las bienaventuranzas nos dará una hoja de ruta para vivirlo plenamente. El Reino no es de orden político geográfico, su naturaleza es espiritual y la aceptación de este Reino ha de hacerse de forma individual, es una opción personal. El Reino llega cuando la persona acepta a Dios en el centro de su vida y lo pone por encima de todas las demás realidades, cuando la persona se abre a la acción de Dios en su vida y se deja transformar por él. Vivir la realidad del Reino transforma a la persona profundamente y, por contagio, acaba transformando a las personas que la rodean y al mundo en el que vive. Ese Reino se inicia aquí, en una tensión hacia la consumación definitiva en el cielo. Es el ya, pero todavía no. Dios es el primer interesado en que entremos en ese Reino.

 

Para que el Reino llegue a nosotros hemos de cambiar de manera de pensar y de enfocar la vida. Es la llamada de Juan a la conversión. La palabra griega que se emplea en los textos es “metanoia” que significa cambio de manera de enfocar la vida. Se trata de dejar de enfocar la vida a nuestra manera para enfocarla conforme a Dios. Este descentramiento de nuestras categorías y planteamientos pasa por el desapego de todo lo que no sea Dios y por poner sólo en él el centro de nuestra existencia. Conlleva aceptar que el único camino para que llegue el Reino pasa porque se haga siempre la voluntad de Dios y sólo eso: su voluntad.

 

Juan es un ejemplo de conversión y de entrada en el Reino. Su predicación en el borde del desierto donde acuden los pecadores a recibir el bautismo de conversión es ya un preludio del anuncio del Reino por parte de Jesús. Él precede a Cristo y lo anuncia desde el desprendimiento: es consciente de que su papel es secundario y está llamado a desaparecer cuando aparezca el Mesías. Vive su anuncio con firmeza, pero con humildad porque sabe que el auténtico bautismo lo llevará a cabo el Mesías y será en Espíritu Santo y fuego.

 

Juan invitaba a la conversión, pero él experimentó la conversión del corazón, de la mente, de la palabra y de la mirada... supo ver en el que iba en la fila de los pecadores para ser bautizados al Mesías esperado (Lucas), señaló a Jesús como el cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan) y se desprendió de sus discípulos para que lo siguieran, no siendo celoso, fue humilde en la espera y supo decrecer en la llegada del Mesías: es necesario que él crezca y yo mengüe... Y, por toda esta transformación interna, escuchó la voz del Padre desde el cielo y vio al Espíritu descender sobre Jesús (Juan). Cuando está preso enviará a sus discípulos para preguntar a Jesús si es el Mesías y Jesús responderá: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio. Jesús afirmará que es el mayor de los nacidos de mujer.

 

Juan es el primero que experimenta esa conversión y al que llega el Reino al reconocer en Jesús un Mesías distinto en el que se cumplen las palabras del profeta Isaías:

 

Sobre él se posará el espíritu del Señor:
espíritu de sabiduría y entendimiento,
espíritu de consejo y fortaleza,
espíritu de ciencia y temor del Señor.
Lo inspirará el temor del Señor.

No juzgará por apariencias
ni sentenciará de oídas;
juzgará a los pobres con justicia.

 

Que sepamos reconocer, como Juan, el auténtico Mesianismo de Jesús. Que descubramos al Mesías en la fila de los pecadores, como Juan y podamos oír la voz del Padre y ver descender al Espíritu. Que nuestro oído, nuestra lengua y nuestra mirada sean transformadas.

 

Buen Domingo, feliz espera.

 

J.A.

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