A la hora que menos penséis 

Estrenamos hoy un nuevo año litúrgico con el inicio del Adviento. La palabra Adviento significa en latín “llegada”. Esperamos a Cristo que llega a nosotros. Vamos a contemplar a Cristo que vino (preparándonos a la celebración de la Navidad) a Cristo que vendrá (al final de los tiempos en gloria, en la “parusía”) y a Cristo que viene y sale al encuentro de cada uno de nosotros en todo momento.

Este domingo en el que estrenamos ciclo litúrgico en la Palabra, el ciclo A, escuchamos a Mateo. El año litúrgico siempre se inicia con una mirada a al Principio y Fundamento de nuestra fe. Se nos recuerda que esta vida, que se nos da regalada, es pasajera y es un ensayo tremendamente imperfecto de la vida definitiva y verdadera. Se nos recuerda que todo es pasajero y perecedero y que todo tiene un fin.

Esta visión cristiana de la realidad, lejos de ser una visión pesimista y derrotista que puede invitarnos a cruzarnos de manos ante los problemas… nos vuelve tremendamente realistas y nos sitúa ante la verdadera realidad de nuestra condición… recordándonos que estamos hechos, como nos recuerda san Ignacio en los Ejercicios Espirituales, para “alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar nuestra ánima”. El fin último es Dios y ese fin último ha de ordenar nuestra existencia de forma realista e instaurar en nosotros esa sana y santa indiferencia frente a todas las cosas creadas: “ en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta…solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos creados”. La indiferencia que nace del amor nos lleva a abrazar aquello que venga a nuestra vida, sea bueno o malo, por amor, sabiendo que todo es relativo al lado de Dios. Todo, de la mano de Dios, puede conducirnos a nuestro fin último.

En ese sentido se mueve el Evangelio de hoy: ante la llegada del Hijo del hombre sucederá como en tiempos del diluvio… todo será relativizado, todo dará un vuelco… por eso, estad preparados porque a la hora que menos pensáis, viene el Hijo del Hombre.

Todos comprobamos, ante nuestras profundas limitaciones, cómo es necesario que Dios intervenga en nuestra existencia de manera que la transforme. Esa misma limitación personal la experimentamos a nivel comunitario. El Reino de Dios no es de este mundo y, para que se consume, el mismo Señor tendrá que intervenir al final de la Historia humana y al final de cada una de nuestras existencias particulares. Dios es el único capaz de superar nuestra limitación y devolver a la realidad su imagen primera. Ese mundo nuevo del que habla Isaías en la primera lectura necesita de la intervención última de Dios.

Por eso y sólo por eso, porque el tiempo corre y nos apremia, Pablo nos recuerda en la segunda lectura que ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. Pablo pensaba que la Parusía era inminente, pero sus palabras son igual de válidas hoy. Nos invita el apóstol: Andemos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas y borracheras, nada de lujuria y desenfreno, nada de riñas y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo. Justo estas palabras de Pablo provocaron la conversión en Agustín de Hipona, cuando al escuchar la voz de un niño que le decía “tolle et lege” “coge y lee” encontró este pasaje con esta invitación a la conversión. Se nos invita a tomarnos esta vida en serio, poniendo nuestra confianza sólo en Dios, haciéndonos indiferentes a todas cosas y situaciones por amor y a estar abiertos a ese Cristo que sale a nuestro encuentro permanentemente.

Ya que hemos mencionado a San Ignacio con su Principio y Fundamento de los Ejercicios Espirituales y la conversión de Agustín… que nuestro Aviento de 2022 en esta primera semana sea un encuentro espiritual con Cristo, soltando todo lo que nos impide que él pueda llegar a nosotros.

Es Cristo mismo quien está más preocupado por llegar a nosotros que nosotros mismos. Sabe que los apegos nos los impiden y quiere retirarlos para poder tocarnos y sanarnos, esa llegada sanadora podrá hacer que vivamos en estado de espera, vigilante, confiada en aquel que sale a nuestro encuentro como el Padre del hijo pródigo, nada más ver nuestro deseo de dejarnos encontrar. La conversión es cosa de dos, pero Dios sabe lo mucho que lo necesitamos y nos pide que le dejemos ayudarnos. No caigamos ni en espiritualismos que no nos abren a Dios de verdad, ni en voluntarismos que nos hacen a nosotros los protagonistas y no a Dios.

Déjemonos encontrar por el que siempre nos busca y nos concede un Adviento más que nos prepara para el Adviento definitivo.

J.A.

 

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