Jesús es
Señor
El
itinerario pascual nos hace pasar de la contemplación de Jesús en la cruz,
cumpliendo la voluntad del Padre, al entregarse a la muerte por nosotros, al
descubrimiento del sepulcro vacío y la presencia resucitada de Jesús, que muestra
en su propio cuerpo las marcas de la pasión glorificadas en la Resurrección.
Por la Resurrección y por la acción del Espíritu Santo en nosotros podemos
decir: Jesús es Señor.
Él quiso
compartir nuestra existencia de forma completa y sin dejarse nada atrás, hasta
el punto de compartir el desprecio, la condena y la muerte por nosotros. Con su
entrega cumplió la voluntad del Padre y se presentó como un Mesías muy distinto
al que esperaba el pueblo y los jefes. En su resurrección manifestó nuestro
destino: la vida sin término.
Aquel tramo
del camino a Emaús se hizo el encontradizo y tuvo que explicarles a aquellos
desconcertados discípulos que era necesario que el Mesías padeciera para
poder entrar en su gloria. Es Jesús resucitado, el Señor, el primer catequista
y evangelizador, que explica el sentido de su ofrecimiento y entrega.
Tuvo que presentarse
en ese espacio cerrado por los miedos del Cenáculo para poder traer la paz y
llenarlos de alegría, aunque también de estupor … porque tuvo que hacerles ver
que no era un fantasma, que tenía carne y huesos. Aunque alguno
dudara de una realidad tan desbordante, él volvió para mostrarse. Tomás pudo
contemplar las llagas y pudo exclamar: “Señor mío y Dios mío”.
La proclamación
de la resurrección por parte de las mujeres, de los discípulos de Emaús, por
María Magdalena… no fue creída y fue él mismo el que tuvo que presentarse en
medio de ellos. Jesús no viene a ajustar cuentas a los jefes, se presenta ante
los apóstoles que serán sus testigos hasta los confines de la tierra.
Y llegará el momento en que los dejará físicamente para dejarlos caminar
guiados por el Espíritu.
Pedro, lleno
del Espíritu Santo, en la mañana de Pentecostés, realiza la mejor catequesis
que anuncia a Jesús como Mesías y Señor:
El
Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha
glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y rechazasteis ante
Pilato, cuando había decidido soltarlo.
Vosotros renegasteis del Santo y del justo, y
pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios lo
resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.
Los que
condenaron a muerte a Jesús y los que lo entregaron a la muerte, sin saberlo,
cumplieron con el plan de Dios… Pedro les recuerda que lo hicieron por
ignorancia y les ofrece la posibilidad de abrirse a la conversión:
Ahora
bien, hermanos, sé que lo hicisteis por ignorancia, al igual que vuestras
autoridades; pero Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los
profetas, que su Mesías tenía que padecer.
Nadie
puede decir: “Jesús es Señor”, si no es bajo la acción del
Espíritu Santo. Así nos lo recuerda Pablo, testigo, también del
resucitado. El gran don de la Pascua es el mismo Espíritu, que nos identifica
con Jesús, que nos guía como guio a Jesús y que nos defiende e inspira en
nuestro camino.
La Pascua
nos recuerda nuestra meta y apunta a Pentecostés, a la realidad de la efusión
del Espíritu sobre toda criatura, sobre la creación entera. E, impulsados por
el Espíritu, entramos en la comunidad misma de la Trinidad.
La noche de
Pascua renovamos nuestro bautismo. Nos sumergimos en el agua bautismal para
renacer como criaturas nuevas. Esta nueva vida de resucitados nos abre a una
nueva forma de vivir en el mundo que proclama que el Señor, el Mesías, el
Cristo es el crucificado, el profeta de Nazaret que pasó haciendo el bien
y liberando a todos los poseídos por el mal. Por eso, junto con Pablo,
podemos decir: Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro señor Jesucristo:
en él está nuestra salvación, vida y resurrección, él nos ha salvado y
libertado.
Feliz tiempo
pascual.
José Andrés.
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