El templo de su cuerpo
En este tercer Domingo de Cuaresma
recuperamos la lectura de san Juan y, con ella, la purificación del templo.
Jesús, enojado, limpia el templo físico, convertido en un mercado, y da un
salto grande al considerar que el nuevo templo donde Dios va a residir y
habitar no es ya ese templo material y físico donde dar culto, sino que el
nuevo templo es su propio cuerpo. Jesús es el nuevo templo que será destruido y
edificado en tres días por su Resurrección. Y ese es el signo que Jesús muestra
a los judíos que piden una señal que lo acredite para poder obrar así. La Resurrección
es el gran signo por el que el Padre va a acreditar a su Hijo y su palabra de
cara a la Humanidad.
Tras la Resurrección
de Jesús, cada uno de nosotros, somos templos del Espíritu. El Espíritu habita
en nosotros y clama a Dios: “abba” (papá). Cada uno de nosotros somos el lugar
donde el Señor quiere residir.
El velo
del templo quedará rasgado con la muerte de Jesús y finalizará el antiguo culto
para dar paso al nuevo: el culto que cada bautizado realiza cuando ofrece su
vida, como la ofreció Jesús al Padre, por amor y cumpliendo su voluntad. El
nuevo sacrificio lo establece Cristo al entregarse a sí mismo a la muerte por
nosotros.
Nuestra
existencia, si se entiende como entrega voluntaria al que se ha entregado primero
por nosotros, se convierte en expresión del mayor amor. Y ese es el nuevo culto,
el culto que agrada al Señor: abrirnos por entero a él y entregar nuestra vida,
entregándonos a los demás, como él.
Para
poder dejar nuestras personas a disposición del Padre hemos de volver a la
frase con la que iniciamos la Cuaresma: “conviértete y cree el evangelio”.
Nosotros hemos de dejar que el Señor entre en nuestra existencia y, con mano
delicada pero firme, vaya limpiando nuestras vidas personales de todo aquello
que estorba a la acción de Dios: desapegándonos el corazón de todo lo que no
sea Dios mismo y atrayéndonos a él con lazos de amor.
Los
cordeles que utilizó para limpiar el templo de Jerusalén de todo lo que lo
convertía en mercado, si nos acercamos a él, serán lazos de amor que nos
atraigan a él y nos cambien el corazón.
Limpiar
la Iglesia, templo del Espíritu, y las estructuras humanas en las que nos movemos
de todo lo que las separa de Dios pasa primero por dejarnos limpiar nosotros
internamente y, sanados, transformar lo que nos rodea: de forma espontánea y
natural, sin violencia ni a la fuerza, sino con amor y comprensión.
Avancemos
en el camino cuaresmal dejando que el dueño del templo, que somos cada uno de
nosotros, tome posesión de lo que es suyo y, de esta forma, lo llene de
dignidad y gloria.
Feliz
Domingo. José Andrés.
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