Si
quieres
En este VI
Domingo de tiempo ordinario, a las puertas ya de la Cuaresma, la palabra nos
invita a reflexionar sobre nuestra actitud ante la exclusión y el mal, sobre la
actitud del enfermo ante la exclusión y rechazo y sobre la actitud del Señor
Jesús ante el mal y la exclusión.
Hoy la
primera lectura y el evangelio se mueven armoniosamente en es dicotomía: exclusión/
inclusión y nos enseñan de qué lado se pone el Señor.
La primera
lectura del libro del Levítico nos recuerda cómo debía comportarse el enfermo
de lepra y cómo debía ser tratado por la comunidad: El enfermo de lepra
andará con la ropa rasgada y la cabellera desgreñada, con la barba tapada y
gritando: “¡Impuro, impuro!”. Mientras le dure la afección, seguirá siendo
impuro. Es impuro y vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento.
La lectura nos habla de exclusión. El enfermo ha de advertir a los demás de su
mal, será declarado impuro y vivirá solo y fuera del campamento. La solución ante
toda lepra o dificultad de nuestros hermanos: obligarlos a apartarse,
excluirlos de nuestra vida. Es una actitud muy antigua y muy nueva: salir
corriendo cuando el prójimo tiene dificultades o, a lo sumo, ponerse de lado, aislándolo
como un apestado. Una actitud muy mundana (en palabras del papa). La vemos
todos los días en la vida social, en nuestros trabajos, en esa Iglesia que quiere
autoconservarse con los puros y limpios.
La
actitud del enfermo, del leproso, del excluido: nace de la amargura y del
sentimiento de desesperación, pero sabe ver que, en medio de su exclusión, el único
que puede hacer algo es Jesús. Se atreve a acercarse y le formula la mejor fórmula
de petición que puede formularse jamás: Si quieres, puedes limpiarme:
El leproso tiene fe, confía en que Jesús, sólo si él quiere puede limpiarlo,
puede curarlo. Le deja las manos libres a Jesús para que él lo haga si
lo considera oportuno o lo deje de hacer si no lo considera oportuno. Contando
con Jesús como último recurso, le deja las manos libres, no se impone.
La
actitud de Jesús es la de la misericordia. Probablemente quedó enternecido de esa
incondicionalidad: Si quieres… y se movió a curarlo: Compadecido,
extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio». Jesús al
extender su mano, al acercarse, al tocarlo, se hace impuro y revaloriza ese quiero,
curándolo. Jesús no teme contaminarse. Para poder curar ha tenido que bajar
al fango de la existencia y curar. Jesús no teme mancharse. Es más … necesita
mancharse para poder curar. Una actitud de Dios, que no tiene nada de
mundana: acercarse a los estigmatizados, a los rechazados. Para Jesús la
Iglesia es un hospital de campaña que acoge y va de acá para allá en estas
guerras del mundo (papa Francisco). Jesús apuesta por la inclusión, por el embarrarse
para poder sanar.
El evangelio
se cierra hoy aludiendo al mandato de Jesús: No se lo digas a nadie; pero
para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo
que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio. Por un lado, la discreción
(porque Dios soluciona todos los días problemas de éstos en el más absoluto
secreto) y por otro que conste tu curación según lo que mandó Moisés (que
la antigua ley ha sido superada ya).
El
leproso no pudo contenerse la alegría y no cumplió lo que Jesús le pidió: empezó
a pregonar bien alto y a divulgar el hecho y, curiosamente Jesús, por
su acción salvadora y evangelizadora se convierte en un excluido porque a él
acuden de todas partes, pero Jesús ya no podía entrar abiertamente en
ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios. Para el que no acaba
de entender que Jesús no soluciona los problemas siempre, olvida que él ha
venido a acompañarnos, más que a librarnos absolutamente de todo lo que pueda
sucedernos. El destino de Jesús fue el ser considerado un maldito: colgando de
la Cruz. Acercarse a los excluidos, puede excluirnos de la masa que no
quiere mancharse, pero nos acerca más a Dios.
José
Andrés.
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