¿Dónde vives?

 

Las lecturas de este Domingo (la primera y el evangelio) nos ponen ante un tema fundamental en el seguimiento del Señor: la vocación. Es Dios quien llama a cada uno de nosotros. Es Él el que irrumpe en nuestra vida y pronuncia nuestro nombre (como el caso de Samuel) o nos invita a seguirlo (venid y lo veréis). Dios toma la iniciativa siempre.

Como Dios se deja sentir en nuestro interior de forma misteriosa, pero patente y evidente, sabe que necesita de mediaciones: Elí en el caso de Samuel, que lo enseña a prestar atención a esa llamada y a responder (si te llama de nuevo, di: Habla, Señor, que tu siervo escucha) o Juan el Bautista que lo señala a sus discípulos (Éste es el Cordero de Dios).

La respuesta a esa llamada abre el camino de relación con Dios, el camino de la intimidad y apertura en el que, siendo totalmente trascendente, se hace cercano a nosotros. La respuesta a esa llamada abre el camino de intimidad con el Señor que se llama: oración.

La actitud de Samuel es obedecer a Elí y mantenerse a la escucha. El recado que recibirá Samuel para Elí no es agradable, pero lo recibirá como la voluntad del Señor. La actitud de los primeros discípulos es de obedecer al Bautista y seguir al Cordero de Dios.

Las respuestas de Samuel y de los primeros discípulos son de apertura a la novedad: Samuel responde con una fórmula precisa y preciosa: Habla, que tu siervo escucha. La respuesta de los primeros discípulos es seguirlo (el texto lo cuenta con mucha naturalidad: Jesús se dio cuenta de que lo seguían y se volvió) y preguntarle: ¿Maestro, ¿dónde vives?

Las vidas de las personas cuando son interpeladas y llamadas por el Señor se transforman: Samuel creció. El Señor estaba con él, y no dejó que se frustrara ninguna de sus palabras. Este acontecimiento es estremecedor y fundante en sus biografías hasta el punto de recordar la precisión de la hora del encuentro con Jesús: era como la hora décima.

En ambos relatos las vidas de los protagonistas se han transformado y orientado de cara al Señor sus vidas. Recordarán la hora y detalles. Samuel se fio de Elí y respondió. Los primeros discípulos entendieron que debían abandonar al Bautista y supieron ver más allá de las apariencias. Fueron desinstalados de su seguridad en el seguimiento de Bautista y se abrieron a la novedad de Jesús.

En palabras del papa Francisco, “el encuentro con el Señor y el evangelio abren a la novedad: El Evangelio nos pide una mirada nueva sobre nosotros mismos y sobre la realidad; pide que tengamos ojos grandes que saben ver más allá, especialmente más allá de las apariencias, para descubrir la presencia de Dios que, como amor humilde, está siempre operando en el terreno de nuestra vida y en el de la historia”.

        Las personas que han sido llamadas y que han recibido una vocación concreta aprenden (a veces con el tiempo) a descubrir que eso que Dios ha hecho con ellos no los hace exclusivos ante los demás y que esa oferta de encuentro es para todo el mundo. Se convierten así en misioneros del Evangelio. Andrés presentará su hermano Pedro a Jesús y se lo anunciará: Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo). Jesús, a su vez, llamará y elegirá a Pedro como la cabeza de su Iglesia.

        En esta respuesta y misión, que brota espontáneamente de aquellos que han sido llamados por Cristo, no sólo no nos debemos sentir exclusivos y por encima de los demás, sino que debemos aceptar ser instrumentos de Dios para que otros puedan tener una misión más grande: Elí deja a Samuel solo, El Bautista sabe pasar a un segundo plano y Andrés, siendo el primer llamado, contempla cómo su hermano se convierte en piedra de la Iglesia.

        Por tanto, la vocación lleva a la misión y, en ella no caben los protagonismos, los celos o envidias y, desde luego, sí el gozo de ver cómo a los demás ha llegado la buena noticia, sintiéndonos eslabón de una cadena, en cuyo origen está la llamada amorosa del Señor.

       

        Buen Domingo.

       

José Andrés

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