Simeón los bendijo

 

El Domingo 31 de Diciembre celebramos el día de la Sagrada Familia y el día 1 de Enero celebraremos la solemnidad de Santa María, Madre de Dios y la Octava de Navidad. Terminamos el año contemplando a la Sagrada Familia y lo comenzamos de la mano de María, Madre de Dios.

 

El evangelio de este domingo nos habla de revelación, espera, impulso del Espíritu y cumplimiento. Hablo del anciano Simeón, a quien le había sido revelado por el Espíritu que no moriría sin ver al Mesías. Simeón subía al templo impulsado por el Espíritu y allí encontró el cumplimiento de la promesa en un niño indefenso en manos de sus padres. ¿Es Simeón el que, iluminado, reconoce en el niño al Mesías o es el Mesías quien ilumina a Simeón para que lo reconozca? Evidentemente lo segundo. Es la luz la que ilumina los ojos del anciano Simeón que reconoce que en aquella hora se cumple la promesa que en su día se le hizo. Simeón ha sabido esperar. Y, cumplida la promesa, bendice a la familia. Del corazón de Simeón brota una bendición. Pero no una bendición que oculte la dificultad, pues recuerda a María su Madre que una espada atravesará su alma pues va a ser signo de contradicción para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones. Simeón ha sabido esperar, se ha dejado impulsar, ha bendecido y ha profetizado que el Mesianismo de Jesús pasa por ser signo de contradicción. Dios ha cumplido la promesa a Simeón y, éste ha sabido captar el mesianismo que trae este niño.

 

Simeón, al dejarse iluminar por la Luz, reconoce que Jesús es la luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel. Y como es un hombre del Nuevo Testamento ... bendice... y como está abierto al Espíritu... reconoce en esa pareja sencilla a la familia del Mesías ... y como se llena del Espíritu, iluminado,  acepta que el plan de Dios pase por la contradicción y el rechazo humano.

 

En el Evangelio del primer día del año los se nos recuerda que los pastores creen el anuncio de los ángeles, van a Belén, adoran al niño y se convierten en los primeros evangelizadores. De nuevo, la gente que como el anciano Simeón, son dóciles a los impulsos del Espíritu, acuden, reconocen, adoran y anuncian.

 

La primera lectura del día primero de año nos recordará la bendición del libro de los números:

 

“El Señor te bendiga y te proteja,
ilumine su rostro sobre ti
y te conceda su favor.
El Señor te muestre tu rostro
y te conceda la paz”.

Dios bendice a su pueblo sin restricciones. Bonita bendición para empezar el año: el Señor te bendiga y proteja, ilumine su rostro sobre ti (le ocasiones una sonrisa de oreja a oreja), te conceda su favor (su ayuda), te muestre su rostro (esté cercano a ti y se te dé a conocer), y te conceda la paz (el gran sello de que algo es de Dios).

 

Estamos en unos días donde se habla mucho de “bendiciones”, donde o se aplaude al papa o se le tacha directa o indirectamente y hasta veladamente de “hereje”. Y todo por una bendición. “Bendecir” que se su etimología latina o griega es “hablar bien”. Nunca una “bendición” extralitúrgica y con un claro talante propio del evangelio había levantado tantos recelos y críticas. De la misma manera nunca una bendición había sido acogida por los fieles necesitados de ella como una señal de bondad y de misericordia. Una bendición, convertida en signo de contradicción para unos y para otros, pero que, como decía el anciano Simeón, ha puesto de manifiesto los pensamientos de muchos corazones. Un buen termómetro para saber de qué lado se está: del lado de la ley excluyente o del lado del evangelio que incluye a todos, todos, todos...

 

María es Madre de Dios, es modelo de la Iglesia. La Iglesia no debe perder nunca el norte y dejar de ser Madre que acoge para convertirse en Madastra que excluye... pero a esta aseveración saldrán muchos al paso diciendo que debe ser Maestra, también, enseñando el camino a seguir (Mater et Magistra). Todo por un documento que no cambia nada de la doctrina tradicional y que intenta que en la praxis pastoral nadie sea excluido. Han puesto el dedo en la herida directamente: de la Iglesia de los intachables, aduana que decide quién pasa y quién no, a la Iglesia que acoge e incluye a todos.

 

Quizás necesitamos ser niños como los pastores, dóciles como Simeón al Espíritu Santo, y sobre todo contemplativos como María que todo lo que sucedía, en lugar de generarle inquietud y desconfianza...  lo conservaba  meditándolo en su corazón.

 

Os deseo un año de bendición. Bendición para todos y en medio de las posibles dificultades, como nos recuerda Pablo: Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis (Rom 12, 14).

 

José Andrés

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