Hacerse pesebre

 

Nos acercamos a la fiesta de la Navidad: todo se acelera y “espera” la llegada de esta fiesta: la encarnación del Hijo de Dios. Dios en Jesús pone su tienda entre nosotros. La Palabra se hace palabra humana. Dios toma rostro humano en la persona de Jesús. Dios quiere compartir con nosotros nuestra suerte, incluida la muerte y, al hacerlo, nos muestra el camino a seguir para acercarnos al Padre y del Padre a los hermanos.

 

Nuestro Señor elige los caminos más insospechados para nosotros. De la lógica mundana a la lógica divina: en lugar de usar el poder, la fuerza, la imposición, elige pedir permiso a sus colaboradores, acercarse de forma humilde y suscitar en nosotros el deseo de ser llenados por él.

 

Los personajes que aparecen en los relatos del evangelio estos días previos a la Navidad ponen en evidencia las preferencias de Dios “que enaltece a los humildes y despide a los ricos vacíos”. Los ángeles irrumpen en la vida de los sencillos, pero también en la vida de los establecidos en poder y autoridad. Gabriel anuncia (evangeliza) a Zacarías en el momento de presentar la ofrenda en el templo y, Zacarías, ante la desconfianza, recibe el signo de quedar mudo. María recibe el anuncio del ángel y ante su buena disposición interior recibe al Espíritu Santo que la fecunda en su seno. María se dirige con prisa a visitar a Isabel y es acogida por su prima que reconoce en ella la obra del Señor. Isabel elige el  silencio, tras recibir la gracia del embarazo en su vejez, y,  durante el tiempo de la gestación pasa desapercibida. José, tras el anuncio en sueños del ángel, acoge a María rápidamente, dando fe a las palabras recibidas por parte del ángel.

 

A los sencillos se les pide permiso para que Dios pueda entrar en sus vidas y pueda llevar a cabo su obra. Son los pobres los protagonistas de este primer anuncio. Esta primera evangelización es un regalo para los más sencillos, bien dispuestos a creer que los caminos del Señor son muy distintos a los nuestros. Es Dios quien toma la iniciativa y son ellos los que responden con generosidad. La entrada de Jesús en la historia para por la discreción y el silencio de los pobres.

 

Si los sencillos, los pobres y los humildes, preparan este pesebre para nuestro Señor, eso debe empujarnos a mostrar predilección por los pobres en nuestras tareas evangelizadoras y, desde luego, aprender a dejar que sea Dios quien llame a la puerta, quien pida permiso, quien tome la iniciativa.

 

En el prólogo de san Juan queda claro que el Mesías es Dios en persona, caminando entre nosotros. Los tiempos que inaugura el Mesías son tiempos en los que hay que dejar el protagonismo a él. Son tiempos en que las estrategias humanas, que muchas veces esconden intereses personales egoístas, no sólo pueden frenar la acción de Dios, sino hacerla llegar manipulada por nuestra propia historia. Cuanto menos se interfiera, por tanto, mejor.

 

Tenemos que preparar el pesebre, hacer un hueco en donde tenemos otras cosas puestas, desprendernos de ellas para poder dejar que en él se haga presente el Señor. Y en este nacimiento no debemos ser nosotros los que coloquemos al niño. Es el niño el que se hará presente en nuestro interior a poco que, con confianza, le hagamos espacio.

 

Dejarse sorprender por la Navidad. Dejar que sea Dios el que nos haga el regalo de su presencia en forma de niño sencillo. Este chiquillo es el príncipe de la Paz. La navidad nos trae el mismo don del Resucitado: la paz. La paz, el gran sello de Dios.

 

Quizás sea bueno recordar que a los primeros cristianos la fecha de la Navidad no les preocupaba porque, realmente, el acontecimiento fundante para ellos era la Pascua: la Resurrección. En ella nuestra carne humana, asumida por el Hijo de Dios, queda glorificada y ella es el fundamento del nacimiento a la vida eterna, la navidad que nunca termina.

 

Feliz entrada en estas fiestas y una santa Navidad.

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