Heredad el reino
Cristo rey, Cristo que viene entre las nubes del cielo con gloria a juzgar, pero que comienza su juicio como Pastor: separando las ovejas.
Antes del juicio está el pastoreo y en este juicio Cristo se identifica con las propias ovejas. El Pastor herido, crucificado y resucitado, vuelve en gloria a recordar que todo es muy simple. Su juicio se basa en la misericordia y la atención a los que más sufren hasta tal punto que se identifica con ellos:“En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.
En ese momento no se comprobará si asistimos más o menos a misa, si participamos en grupos de formación, si fuimos excelentes evangelizadores, pastores o ministros... no. En ese momento lo único que contará será la atención al necesitado, el amor y la misericordia, que preceden y superan a la doctrina, la ley y la moral.
Hambrientos, sedientos, desnudos, enfermos, encarcelados (todas situaciones límites que paralizan al que las vive)... en ellos está escondido Cristo. Él ha hecho causa común con todos los últimos de este mundo, dando ejemplo con su propia vida: entregándose a la muerte injusta. Por eso Cristo en ellos, juzga.
Paraliza e impacta pensar que muchas veces en esas situaciones nuestra “falta” es la omisión porque pasamos de largo. La vida deja en la cuneta a todos los últimos y Cristo nos pide que nos encarguemos de ellos.
Quizá la estrategia pastoral... ante la necesidad de los demás... debiera ser atender siempre, dejando a un lado lo que estorbe. Tener siempre tiempo para lo urgente y no dar excusas. Si viviéramos así, seguro que con nuestra conducta podríamos interpelar a los demás, que se interesarían por saber qué es lo que nos mueve.
Por eso, dice el papa Francisco, la Iglesia no crece por proselitismo, sino por el testimonio de los creyentes. Al final cuenta lo que realmente cuenta.
El Pastor, Rey, nos invita a lo mismo que él hizo la última cena: lavar los pies de los demás, ponerse al nivel de los demás y servir, especialmente a los que más sufren.
Entramos en el Reino cada vez que atendemos a los que lo necesitan. Por eso el Reino comienza aquí. Como decía San Juan de Dios cuando pedía limosna: “Hermanos, haceos el bien a vosotros mismos”
J.A.
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