Ellos dicen, pero no hacen
El evangelio de este domingo toca de lleno un tema fundamental para el buen funcionamiento de la Comunidad y las relaciones entre los que la componen: el tema de la autoridad como un servicio. Jesús quiere dejar claro cómo ha de ser ejercida la autoridad desde una clave cristiana y cómo deben ser las relaciones entre los miembros de la comunidad.
Nos dice el papa Francisco, comentando este evangelio: “La autoridad es una ayuda, pero si está mal ejercida, se convierte en opresiva, no deja crecer a las personas y crea un clima de desconfianza y de hostilidad, y lleva también a la corrupción”. De esta manera Jesús, hablando de los escribas y fariseos, advierte que la autoridad que algunas personas poseen en virtud de su “ministerio” o en virtud de su “trabajo civil” puede quedar desacreditada cuando estas personas llevan doble vida: dicen pero no hacen. Por ello Jesús añade haced lo que digan, pero no hagáis lo que hacen.
Este mal ejercicio de la autoridad “civil” o “eclesiástica” les lleva a una falta de autoridad moral y, en lugar de ayudar a que los demás puedan vivir mejor, los acostumbra a una actitud propia de la corrupción: líar fardos pesados y cargarlos a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Es decir, abrumar a la gente con cargar lo que ellos mismos no están dispuestos a llevar.
Este tipo de autoridad “mal ejercida” los lleva a apoyarse en la apariencia y en la fama como los pilares que den fuerza a su autoridad (desacreditada por el mal ejemplo) y no los lleva a apoyarse en la coherencia y el buen ejemplo. Por ello, desde la vanagloria y la soberbia y desde el deseo de aparentar hacen todo lo posible por ser honrados y respetados, pero desde el poder en sí mismo y no desde el ejemplo: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame “rabbí”.
Jesús nos recomienda a los cristianos ejercer la autoridad, tanto en el ámbito civil, como en el eclesiástico, siempre como un servicio y desde la fraternidad. La autoridad ha de ejercerse desde el elemento definitorio fundamental y radical: tenemos un mismo padre y somos hermanos. Entre hermanos, por tanto, no caben títulos de dominio y que marquen la distancia como “maestro” o “padre” porque, desde la lógica del evangelio, uno sólo es el Maestro y uno solo es nuestro Padre.
La mejor medicina para evitar los abusos de poder sobre los hermanos es ser servidor de todos y elegir el camino de la humildad, no el de la soberbia. El humilde no pierde nunca de vista que si ha de ejercer la autoridad es para prestar un servicio, no para servirse de ella y dominar. El humilde está siempre dispuesto a ser corregido si su forma de ejercer la autoridad no es la correcta, el humilde sabe pedir siempre que sea necesario perdón, sobre todo cuando ha escandalizado con su conducta, el humilde, en resumen, no pierde de vista que ejerce la autoridad para servir y no se infla regodeándose en sus propias cualidades para creerse superior a los demás y “diferente” a ellos. El servidor humilde acepta siempre servir no con la lógica del mundo, sino con la del evangelio. La persona que ha de ejercer la autoridad siempre tiene a la vista a Jesús y contempla la cruz como la brújula de su ministerio y servicio.
Comentando el evangelio de este domingo el papa Francisco concluye: Que la Virgen María, «humilde y alta más que otra criatura», nos ayude, con su materna intercesión, a rehuir del orgullo y de la vanidad, y a ser mansos y dóciles al amor que viene de Dios, para el servicio de nuestros hermanos y para su alegría, que será también la nuestra.
J.A.
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