Venid a la boda
Con esta parábola el Señor quiere desvelar el plan del Padre para la Humanidad. En palabras del papa Francisco: es la imagen del Padre que ha preparado para toda la familia humana una maravillosa fiesta de amor y comunión en torno a su Hijo unigénito. A esta fiesta de bodas, que es el sueño de Dios para toda la humanidad estamos invitados todos sin excepción.
Dos veces envía el rey a sus siervos para llamar a los invitados, pero éstos no quieren ir. Después vuelve a llamar y los invitados ponen excusas, anteponiendo otras realidades personales a esta invitación. Otros invitados se sienten molestados y maltratan o matan a los siervos. Pero ante esta respuesta el rey no se rinde. En esta actitud nos dice el papa Francisco se refleja el modo de actuar Dios: así se comporta Dios: cuando es rechazado, en lugar de rendirse, relanza y manda llamar a todos los que están en los cruces de los caminos, sin excluir a nadie. Nadie está excluido de la casa de Dios. La parábola, que está dirigida a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, ejemplifica la actitud del pueblo elegido al que se le envían profetas y los rechaza. Sucede como en la parábola de la viña del domingo anterior.
El rey que convoca a esta fiesta de bodas se sacude el polvo de las sandalias ante este rechazo y, como no quiere que la sala de la fiesta se quede vacía, envía a llamar a los cruces de los caminos. Los invitados anteriores no merecían esta invitación. A las encrucijadas de los caminos son enviados los criados. De esta forma la invitación deja de ser elitista, no va dirigida a “los mejores” o “los buenos” sino a los excluidos. Y la parábola nos recuerda que esos excluidos sí que aceptan la invitación: los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. La llamada a la boda ahora es correspondida con un sí. Los excluidos, buenos y malos, aceptan la invitación, llenando la sala.
El mensaje de la parábola es claro: Dios nos llama a todos, sin excepciones. Los que parecían más preparados para responder a la llamada están entretenidos en otras cosas y no corresponden a la invitación o la rechazan con violencia. Los que hubiéramos creído que nunca iban ser invitados lo son y aceptan dicha invitación ocupando su lugar en la fiesta. Y entre ellos hay buenos y malos. La llamada a entrar en el Reino es para todos y a él acuden todos. La alusión a los buenos y a los malos nos recuerda que la llamada está al margen del comportamiento de cada uno, Dios llama a todos sin excepción.
Pero la parábola termina recordando que, aunque todos somos llamados no todos respondemos igual. Uno de los comensales no ha entrado con el vestido de bodas, no está preparado para la fiesta. La alusión al traje de fiesta apunta a que no se ha preparado bien para la ocasión. ¿Cuál es ese traje de fiesta? El papa Francisco, comentando este evangelio, nos recuerda que es la “gracia”. El requisito de aceptar la salvación como un don, como un regalo. El no creernos autosuficientes y autorreferenciales. Aceptando este nuevo traje, aceptando esta vestidura nueva nos preparamos para esta fiesta con todos los invitados.
Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos, así termina el Evangelio de este domingo. La elección depende de nuestra aceptación a la invitación y de ir preparados con el traje de bodas a ella. Y, recordando a San Pablo en Rom 13, 14: “Revestíos del Señor Jesús”. Transformémonos en nuevos Cristos con sus propios sentimientos, pero recordando que esta transformación es gracia. Recordemos cómo en la parábola del Hijo pródigo es el Padre bueno el que manda que el hijo que viene de vuelta y para el que prepara el banquete sea revestido para la ocasión: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. 23 Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; 24 porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.
Buen Domingo y Feliz Banquete.
J.A.
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