¿Qué más podía hacer yo por mi viña?
Mi amigo tenía una viña en un fértil collado. Así comienza el Profeta Isaías su canto. Una
viña que, a pesar de ser mimada por el dueño, en vez de dar uvas, dio
agrazones. La reacción del dueño de la viña en ese canto de Isaías es la de “dejar
de su mano” la viña, dejando que sea destruida.
En el Evangelio Jesús recurre a la imagen de la
viña para contarnos una parábola. El dueño de la viña envía en un momento dado
a los criados a los trabajadores para que recojan los frutos. Pero los criados
son maltratados por los trabajadores: apalearon a uno, mataron a otro y a
otro lo apedrearon. Por último, envió a su propio Hijo a quien no respetaron.
Todo lo contrario, viéndolo, pensaron que, matándolo, lograrían su herencia. La
actitud de los trabajadores de la viña me ha recordado un texto que leí el
viernes. En él el papa Francisco distingue entre pecado y corrupción. Los trabajadores han caído en una profunda
corrupción. Ven normal su actitud de rechazo continuo y esa actitud les lleva a dar muerte al Hijo.
Jesús interpela a los oyentes: ¿qué hará
con aquellos labradores? Los oyentes son contundes en su
respuesta, llegando a decir: Hará morir de mala muerte a esos malvados y
arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo.
Una respuesta lógica ante la actitud de los trabajadores y si queréis hasta “justa”,
pero Jesús, antes de concluir la parábola, en sus palabras anticipa otra
respuesta que va más allá de la respuesta en la que la violencia pide
violencia. Su respuesta alude al signo por el que el dueño de la viña, el
Padre, certificará que su Hijo, enviado por él y asesinado por los
trabajadores, se convertirá en Piedra Angular.
Escuchando el Evangelio esta tarde en
la Eucaristía, esas palabras de Jesús me recordaban la mañana en la que se nos
anuncia la gran noticia que es nuestra esperanza y que alienta en medio de los
rechazos y persecuciones, asumidas por amor al Padre. Esas palabras de Jesús
aluden al gran signo proclamado en la mañana de la resurrección:
No habéis leído nunca en la Escritura:
“La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente”.
Jesús
les recuerda que, aunque los trabajadores acaben con la vida del Hijo, el mal
no tendrá nunca la última palabra. El Hijo rechazado se convertirá en piedra
angular. La respuesta de Jesús deja clara esa victoria del Hijo rechazado. A
los trabajadores a la viña les podrá suceder algo peor que responderles con la
misma violencia: perder la posibilidad de participar en la vida de Jesús, perder
el Reino de Dios: Por eso os digo que se
os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus
frutos.
No hay envío sin dificultades y
posibles persecuciones. No hay enviado sin rechazo. El otro día, en la misa del
inagural del Sínodo el papa quiso que la antífona que sonara en la procesión de
entrada fuera la misma que resuena en la misa del jueves santo:
Nosotros hemos de gloriarnos
en la cruz de
nuestro señor Jesucristo:
en él está nuestra
salvación, vida y resurrección,
él nos ha salvado y
libertado.
Sí, es así, nosotros hemos de
gloriarnos en un Señor que ha sido crucificado y saber que en la Cruz está nuestra
salvación porque Él ya ha vencido al mal con su resurrección. El Hijo rechazado
ha resucitado y anima y sostiene a todos los que se han abandonado en sus
manos. Nuestro Señor es la piedra angular, una piedra primero rechazada y
después glorificada.
Estamos en un momento del curso de
Sínodo, envíos en las Parroquias, nombramientos en las diócesis, nuevos cargos…
y quizás la parábola viene como anillo al dedo: somos enviados, pero tenemos
garantizado el participar de la suerte del Señor, al ser rechazados. Sin
embargo, contamos con el crucificado y resucitado que permanece con nosotros
siempre, como piedra angular.
J.A.
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