A Dios lo que es de Dios

 

La mala intención de los fariseos les lleva a formular una pregunta-trampa para ponerlo en apuros. La pregunta va envuelta en adulación: Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias. Es la manera típica de presentarse el mal: bajo apariencia de bien y... tentando por esa parte por la que todos podemos caer: la adulación. ¡Qué bueno eres! ¡Qué sincero! No te fijas en apariencias... vamos, un dulce que pide ser mordido. Pero Jesús sabe ver la intención oculta, que es mala: hacerle caer y comprometerlo. Ponerlo o contra el César o contra el pueblo, oprimido por el César. La adulación siempre ha sido un instrumento preferido del mal espíritu para rodearnos, engatusarnos y hacernos caer en la trampa de considerarnos mejores que los demás.

 

Jesús responde con libertad interior de manera que la pregunta envenenada se vuelve contra los que preguntan: Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Es decir, si los impuestos quitan al pueblo lo que necesita, vosotros, fariseos, devolved a Dios lo que le pertenece: el pueblo. Devolved a Dios lo que manipuláis y aplastáis con vuestros rígidos preceptos. Dejad que el pueblo sea libre y devolvedlo a su único Señor: Dios.

 

La libertad interior que hoy no se vive. Curiosamente vivimos en un mundo en que la libertad se convierte en una palabra muy común para reivindicar opciones, elecciones, maneras de enfocar la vida y para fundamentar la misma convivencia... pero ante las situaciones de decisión y de opción somos tremendamente esclavos de los que oprimen, de la opinión ajena, de nuestros propios proyectos. Ante una injusticia, callamos. Ante algo que hace mal a los que conviven con nosotros, guardamos silencio e, incluso, por no llevar la contraria y quedar bien nos sumamos a las críticas injustas, los juicios sumarísimos o los apaleamientos públicos. No somos valientes porque no somos libres. Y es que, en el fondo sabemos, que ser libres nos hace parecidos a nuestro Maestro y nos lleva a ser perseguidos y violentados por el poder.

 

A Dios lo que es de Dios: la vida, las cualidades, lo bueno que podamos hacer... absolutamente todo es de Dios. No nos pertenece. Creer que eso es nuestro y que lo hemos ganado por propio esfuerzo es soberbia. La mejor medicina para curar esa soberbia es el servicio. Dios ha puesto en el servicio y en la entrega una medicina escondida que, si ese servicio y entrega se hace buscando a los Dios en los demás, nos cura de nuestra propio egoísmo. Es una buena medicina servir a los demás.

 

Devolver a Dios lo que realmente le pertenece es entregarle nuestra existencia, considerar  a los demás sus hijos y tratarlos como hermanos, vivir libre y desprendido de toda cosa o idea que nos esclavice y vivir en humildad que es en donde nos decía Santa Teresa se encuentra la Verdad.

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