Quiero darle a este último igual que a ti
El Evangelio de este Domingo nos habla, a través de una parábola, de Dios y del Reino de Dios. La viña es el Reino de Dios al que todos somos llamados para entrar en él y para colaborar con nuestra entrega con el dueño de la viña a que ese Reino llegue a todos los hombres. La parábola se centra en la forma de actuar Dios en dos de sus actitudes: la llamada a entrar en el Reino y la recompensa.
En primer lugar la llamada. El dueño de esta viña sale hasta en cinco ocasiones a la plaza y llama a trabajar para él. Dios llama a todos y llama siempre. Dios nos sigue llamando a cada uno de nosotros constantemente para trabajar en su Reino. El estilo de Dios es estar continuamente en salida. En palabras del papa Francisco: Dios sale, sale continuamente a la búsqueda de las personas, porque quiere que nadie quede excluido de su plan de amor.
La Iglesia debe ser como Dios y estar siempre en salida para llegar a todos y todas. El desvelo de la Iglesia ha de ser tan grande que rebase todo tipo de horarios y todo tipo de fronteras para poder llegar a todos. Una Iglesia que se mira el ombligo y no sale de sí misma para evangelizar, nos recuerda el papa Francisco, enferma. La salida de la Iglesia puede provocar que sufra peligros y accidentes, pero, nos recuerda el mismo papa, que prefiere una Iglesia accidentada y herida a una Iglesia de museo.
En segundo lugar la recompensa. El dueño de la viña paga a todos por igual, haciendo que los últimos sean los primeros y los primeros los últimos, es decir: todos iguales. Dios no mira el tiempo ni los resultados, sino la disponibilidad y generosidad con que nos ponemos a su servicio. Dios no se deja ganar en generosidad, pues a poco que nosotros pongamos de nosotros mismos, él siempre nos colma desbordándonos.
El actuar de Dios para los algunos de los trabajadores de la viña no fue justo y el actuar de Dios o la evangelización de la Iglesia, si mira a todos e imita a este dueño de la viña, a algunos les puede parecer injusto para sus esquemas limitados. Pero el actuar de Dios es gracia siempre y gracia desbordante para todos y todas. La parábola nos pone en evidencia que, en el Reino, la recompensa no es como en este mundo: la recompensa es para todos y mira el corazón generoso. No es una recompensa aristocrática. En el Reino de Dios el más pequeño es el más importante y el más enfermo y pecador el más necesitado. El Reino pone los esquemas de este mundo al revés y lo que no cuenta para este mundo, cuenta para Dios y lo que cuenta para este mundo, no es obstáculo para Dios, que va siempre más allá de donde lleguemos nosotros y nuestros egoísmos.
La recompensa, los honores, la importancia en este Reino son para todos porque Dios mira el corazón. La justicia es la del amor, la de los ojos del padre que ven el corazón de sus hijos. Nuestro tiempo y el lugar importan poco para que él siga llamando siempre. Así nos recuerda el papa Francisco: Recordemos quién fue el primer santo canonizado en la Iglesia: el Buen Ladrón. “Robó” el Cielo en el último momento de su vida. Esto es Gracia, así es Dios, también con todos nosotros. El que piensa en sus propios méritos, fracasa; quien se confía con humildad a la misericordia del Padre, pasa de último —como el Buen Ladrón— a primero.
Buen Domingo y disfrute de la recompensa: Dios mismo que se nos entrega con infinita generosidad.
J.A.
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