Estando los dos a solas
El evangelio de este Domingo se centra en el tema de la corrección fraterna. En palabras del papa Francisco el evangelio de este Domingo nos invita a reflexionar sobre la doble dimensión de la existencia cristiana: la comunitaria, que exige la protección de la comunión, es decir de la Iglesia, y la personal, que requiere la atención y el respeto de cada conciencia individual.
Para corregir al hermano que se ha equivocado, Jesús sugiere una pedagogía de recuperación. Y siempre la pedagogía de Jesús es pedagogía de la recuperación; Él siempre busca recuperar, salvar. Y esta pedagogía de la recuperación está articulada en tres momentos. Primero dice: «Ve y corrígele, a solas tú con él» (v. 15), es decir, no pongas su pecado delante de todos. Se trata de ir al hermano con discreción, no para juzgarlo, sino para ayudarlo a darse cuenta de lo que ha hecho. No es fácil poner esto en práctica porque podemos temer la reacción del hermano o no encontrar suficiente confianza para poder llevar a cabo esta “recuperación” y “salvación” del hermano.
Viene un segundo momento, si el primero no ha sido exitoso. En palabras del papa Francisco: en este caso está bien no desistir y decir: “Que se las arregle, yo me lavo las manos”. No, esto no es cristiano. No hay que desistir, sino recurrir a la ayuda de algún otro hermano o hermana. Este segundo momento es un precepto de la ley de Moisés y servía para salvar a los hermanos de las falsas acusaciones. Pero en este caso los dos testigos sirven para salvar, no para acusar.
En el caso de que ni la corrección privada, ni la corrección con dos o tres testigos hayan logrado que el hermano o la hermana caigan en la cuenta de aquello que hace mal, Jesús nos invita a decírselo a la comunidad “y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano”. Pero, ojo, nos recuerda el papa Francisco que esta expresión, aparentemente tan despectiva, en realidad nos invita a poner a nuestro hermano de nuevo en las manos de Dios: sólo el Padre podrá mostrar un amor más grande que el de todos los hermanos juntos. No se trata de abandonarlo a su suerte, sino de dejar en manos del Padre la salvación que la comunidad entera no puede lograr. El amor del Padre, la convicción del Padre y la salvación que muestra y demuestra el Padre es más grande que la de toda la Comunidad junta.
El caso es que solemos hacer el proceso al revés: primero se lo decimos a todos y juzgamos, sin dejar que la persona se defienda y exponiendo sus defectos a toda la comunidad, después podemos comentar en el boca a boca esa mala fama creada y, como suele suceder, el último en enterarse es el propio sujeto implicado que, cuando le llega ya el juicio hecho, no puede hacer nada más que sentir vergüenza... si es que no se defiende aferrándose aún más a lo que está haciendo mal, como señal de autonomía e independencia frente al juicio sumarísimo. Con lo cual hemos conseguido justo lo contrario de lo que deberíamos hacer: condenar a un error a alguien en lugar de salvarlo.
En la base de esta manera de proceder está el chismorreo, la difamación y la calumnia que pasan por encima de la conciencia individual y niegan al sujeto la posibilidad de recuperación personal, dañando la imagen que dan a la comunidad.
Un tema serio el de este domingo que nos afecta a todos. Para poder dar el primer paso recomendado por Jesús hay que tener confianza, comprobar que el hermano quiere escuchar... y hacerlo desde la humildad del que también puede ser corregido por otras cosas. Dios ama al que se equivoca en todo ese proceso, su amor hacia él no depende de que se enmiende o no... y siempre mirará por ayudarlo. Tenemos a Jesús en medio de nosotros y nuestras decisiones “atan y desatan” en cierto sentido.
Para terminar recuerdo las palabras con las que el papa cierra el comentario a este Evangelio: Es el amor de Jesús, que acogió a publicanos y paganos, escandalizando a las personas rígidas de la época. Por lo tanto, no se trata de una condena sin apelación, sino del reconocimiento de que a veces nuestros intentos humanos pueden fracasar, y que sólo estando ante Dios puede poner a nuestro hermano ante su propia conciencia y la responsabilidad de sus actos. Y si no funciona, silencio y oración por el hermano y la hermana que se equivocan, pero nunca el chismorreo.
Feliz Domingo.
J.A.
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