Algo ardiente encerrado en mis huesos
Este domingo las lecturas nos sitúan ante la parte más dura del seguimiento de Jesús y de la aventura de colaborar con él en que llegue su Reino: la persecución y la Cruz.
El propio Pedro, desde sus esquemas y tras haber confesado a Jesús como el Cristo, no puede tolerar que el mesianismo de Jesús pase por la Cruz. Ellos se han hecho una idea muy equivocada del Maestro. Piensan que su mesianismo va a aplastar el mal que sufren, de golpe, y mira por donde el plan de Dios para su Hijo, Jesús, consiste en todo lo contrario: entregarse por amor, consumar un camino de salvación en el patíbulo de la Cruz. Jesús reprende duramente a Pedro por querer desviarlo de su camino: tú piensas como los hombres, no como Dios.
Pensar como Dios, qué difícil ¿verdad? Aceptar tener un final trágico o que puedan pasar por encima de nosotros para que la voluntad de Dios se lleve a término. Aceptar que por hacer su voluntad suframos injusticia y violencia... Es duro humanamente hablando. Por eso es una gracia. La misma gracia que auxilió a Pedro para confesar a Jesús como Mesías, ahora le es necesaria para aceptar que el discípulo para poder convertirse en apóstol ha de compartir la suerte del Maestro: Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.
No seguimos a un Señor que no haya sido maltratado por una realidad que vive bajo la influencia del mal, no predicamos un Reino que excluya la entrega de la propia vida, no vivimos, tampoco, en un buenismo que no denuncie el mal. Los cristianos, por seguir a Cristo, podemos ser despreciados. No somos unos “bienquedas”, cosa que se lleva hoy mucho... no tenemos asegurado el honor mundano, ni más ventajas que los demás. Los cristianos tenemos la suerte de vivir en unión con el que ha padecido por amor y si la vida nos lleva a esa situación, de forma injusta, sabemos que participamos de la entrega del Maestro. En ese momento cogeremos nuestra cruz y lo seguiremos. En ese momento sabremos que si morimos, como el grano de trigo, daremos fruto.
La cruz, la entrega por amor, la participación en la Pasión de Jesús es el termómetro que nos mide nuestro grado de unión a él. Yo soy el primero que cuando miro la Cruz me espanto, pero en ese momento (recordando a san Ignacio) recuerdo que no nos pide entregarnos como él, sino de su mano. Dice san Ignacio: pobreza CON Cristo pobre, menosprecios CON Cristo lleno de ellos ... y ser tenido por loco y vano por Cristo que primero fue tenido por tal, que por sabio y prudente para este mundo. La clave está en que lo hacemos CON él, de su mano gloriosa y resucitada: su mano ha padecido la Cruz, pero ha vencido a la muerte en su propio cuerpo. La llaga de su mano ya es gloriosa.
Seguir a Cristo nos despierta ese fuego ardiente en los huesos del que nos habla Jeremías en la primera lectura. El seguimiento de la voluntad de Dios choca con la voluntad del mundo que vive de espaldas a él. Sin embargo no podemos, no puedo callar. Por eso podemos decir con Jeremías:
Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir;
has sido más fuerte que yo y me has podido.
He sido a diario el hazmerreír,
todo el mundo se burlaba de mí.
Cuando hablo, tengo que gritar,
proclamar violencia y destrucción.
La palabra del Señor me ha servido
de oprobio y desprecio a diario.
Pensé en olvidarme del asunto y dije:
«No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre»;
pero había en mis entrañas como fuego,
algo ardiente encerrado en mis huesos.
Yo intentaba sofocarlo, y no podía.
J.A.
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