¿Quién decís que soy yo?
Entonces él se puso a echar imprecaciones y a jurar: «¡Yo no conozco a ese hombre!». A todos nos suena esta cita en la que Pedro jura no conocer a Jesús. Un Pedro muy distinto del que hoy vemos en el Evangelio de este domingo. El texto de Mateo nos recuerda la conocida escena de la Confesión de Pedro.
Tres verbos me sugiere el texto este domingo: revelar, confesar, edificar.
A Pedro, al decidido Pedro que caerá en la Pasión, se le ha revelado que Jesús es el Mesías. Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. La confesión de Pedro es fruto de una revelación interna por parte de Dios. La gente ante la pregunta de Jesús ¿Quién dicen que soy yo? Ha dado distintas respuestas, todas de muy buena fe: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas: Todas se acercan muy periféricamente a Jesús, pero no llegan al núcleo de su persona. Nos suele pasar con las personas que conocemos: nunca llegamos a abarcar el misterio que cada uno de los que nos rodean. Incluso los más cercanos a nosotros se nos revelan siempre nuevos. Pero todos tendemos a hacer de nuestras percepciones “mallas” o “redes” que atrapan en palabras lo que el otro “es”, sin darnos cuenta que que nadie, excepto Dios nos conoce del todo a todos y cada uno de nosotros. A Pedro, por tanto, se le ha revelado que Jesús es el Mesías.
Pedro lo confiesa: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Pedro es decidido en lo bueno y en lo malo. Hemos aludido antes a las negaciones, donde se deja atrapar por el miedo. En este momento confiesa la realidad que se esconde tras la persona de Jesús y, en nombre de los doce, confiesa quien es Jesús. Su “descubrimiento” no es fruto de sus méritos, Jesús se lo recuerda: “le ha sido revelado”. Es una información que va al núcleo de la persona de Jesús: eres el Mesías.
Pedro es llamado a edificar. Tras la confesión de Pedro, viene la vocación específica que Jesús quiere encomendarle: “tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Jesús hace de Pedro, la Piedra sobre la que edificará su Iglesia. A la persona de Pedro, que Jesús conoce bien, y dentro de su debilidad... se le confía colaborar directamente con el Maestro en el futuro siendo el que “ate y desate”, siendo el que inspirado por el Espíritu a lo largo de la historia lleve la barca de la Iglesia, con la que el poder del mal no podrá: el poder del infierno no la derrotará. El Edificio de la Iglesia se sustenta en esta piedra, pero lo levanta el mismo Señor. Pedro, el decidido, pero débil, es elegido para esta misión que empezará a ejercer desde la misma mañana de Pentecostés.
Todos conocemos cómo sigue este relato del evangelio. Cuando Jesús anuncie la Pasión, Pedro se rebelará y Jesús lo reprenderá duramente. El Evangelio de hoy leído en esta primera parte les despierta a los discípulos expectativas sobre el mesianismo de Jesús que no contemplan la pasión y la cruz. Jesús les recordará, después, que ese mesianismo ha de realizarse a través de la entrega y la cruz y que ese confesar y edificar, sin aceptar la cruz no es lo que quiere Dios.
El Reino se abre paso en nosotros y en el mundo chocando con los esquemas del mundo que los tenemos nosotros bien interiorizados. Ese choque genera violencia interna y, muchas veces, dolor. Pero silenciosamente en nuestro interior y en el entorno que nos rodea va abriéndose paso, poco a poco, la realidad del Reino en que que se cumple la voluntad de Dios a su forma y manera.
Por eso, mientras no se nos revele internamente, mientras no veamos disposición en los demás, seamos estremadamente delicados y sensibles. Anunciemos primero con obras y, después, si Él quiere, con palabras. Mientras tanto por si no nos entienden o malinterpretan en qué consiste el mesianismo de Jesús: “les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías”.
Buen Domingo.
J.A.
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