Del Tabor al Lago

¿Por qué has dudado? Es la pregunta de Jesús a Pedro tras el intento de caminar sobre las aguas y haber sentido miedo. Jesús lo llama “hombre de poca fe” en el original una sola palabra compuesta, pero muy elocuente: Ὀλιγόπιστε (en vocativo).

 

La escena es contada por Mateo, Marcos y Juan con matices distintos, pero recogida por todos, excepto Lucas. La multitud ha sido saciada en la multiplicación de los panes, Jesús ha despedido a la gente y ha apremiado  a los discípulos a que se adelanten a la otra orilla y ha buscado la soledad de la oración. Y, estando los discípulos remando contra el viento, Jesús viene andando a ellos sobre las aguas del lago. Ellos sienten miedo y llegan a dudar si sería un fantasma y es aquí donde Pedro pide una señal: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua”. La desconfianza de Pedro le hace pedir una señal a lo que Jesús responde con un desafiante “ven”. El miedo de Pedro, la inseguridad le hace dudar y comienza a hundirse y eso le lleva a exclamar: “Señor, sálvame”. La respuesta de Jesús es clara y apunta a la falta de fe “Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?” Tras la experiencia vivenciada por Pedro en nombre de todos, los de la barca exclaman: “Realmente eres Hijo de Dios”, postrándose ante él.

 

Ante el hecho de la multiplicación de los panes Jesús no se “emborracha” de soberbia y humildemente sube a orar. Recupera la razón última con el Padre en la oración: es Hijo. No se embota su mente. Ha despedido a todos, incluidos los discípulos para poder volver “en soledad” a la esencia, que no es el triunfo, sino el cumplir la voluntad del Padre. Una voluntad contradictoria. Jesús terminará descubriendo al final de sus días que para que el Reino de Dios pueda llegar, él ha de aceptar el violento final. La actitud de Jesús, como hombre, es de profunda confianza en el Padre: el signo de la multiplicación de los panes podrá fracasar y su propia vida, pero él no rompe el hilo con el Padre.

 

Los discípulos se han quedado solos y el viento les es contrario. Se desesperan y de repente ven venir a Jesús andando sobre las aguas. Si en el Tabor lo vimos transfigurado, en el lago lo vemos desafiando las leyes de la naturaleza y acercándose a la barca. Jesús viene repleto de fe, de confianza y se acerca a unos discípulos a los que les falta la fe y que dudan hasta de lo que ven con evidencia y piden pruebas: “si eres tú... mándame ir a ti”. A ellos no les ha bastado ver el signo de la multiplicación y ahora ver al Maestro en una situación sobrenatural, desafiando las leyes de la naturaleza y si en el Tabor Pedro optó por  un “qué bien se está aquí, hagamos tres tiendas” ahora opta por un “si eres tú, mándame ir a ti”. La falta de fe de Pedro proviene de su propia inseguridad y de no acabar de entender al Maestro y la lógica con la que realiza los signos. Jesús, ante la petición de Pedro “sálvame”, lo llama “hombre de poca fe” y Pedro al ser señalado en su realidad es salvado del agua.

 

La manifestación de este Jesús, andando sobre el agua, y el diálogo con Pedro ayuda a los de la barca a reconocer en su persona a alguien que tiene una relación muy especial con Dios: “Realmente eres Hijo de Dios”, pero ya había amainado el viento.

 

La fe es el tema central de este evangelio. La fe que se pone a prueba especialmente en la dificultad y que lleva a reconocer nuestra debilidad, debilidad que a Jesús no le asusta, ni lo aleja de nosotros, pues extiende su mano a nosotros para evitar que nos hundamos y termina por calmar nuestras tempestades, es decir, por solucionarnos los problemas. Pero nos pide para sacarnos del agua que reconozcamos que somos “hombres de poca fe”, nos pide que seamos conscientes de nuestra realidad.

 

Hablando de Pedro, me vais a permitir, que recuerde a nuestro entrañable y muy querido papa Francisco y su “todos, todos, todos”. Seguro (y lo sé de verdad) que ante las persecuciones y los rechazos que generan sus palabras en la Iglesia, que él sufre, experimenta : “que Dios es mucho más grande que todo eso”. Ese es la fe que hay detrás del papa Francisco, del sucesor de Pedro: alguien que se ha dejado agarrar bien por la mano de Jesús ante la dificultad y que sabe del poder del Maestro para salvarnos de las dificultades. Detrás del papa está Pedro intentando llevar la Iglesia al centro mismo del Evangelio y al encuentro liberador de Jesús (doy fe).

 

Déjate agarrar por su mano en las olas del Lago, que a veces se levanta enfurecido, pero que su sola presencia y su pisada lo amaina. Y si te falta la fe, tan sólo, desea extender tu mano.

 

J.A.

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