Todo lo que tiene
Si leemos el Evangelio a la luz de la primera lectura, salta a la vista que la sabiduría e inteligencia otorgada a Salomón en su petición, es la que posee aquel que compra el campo o la perla o echa la red.
Pero siempre me ha llamado la atención cómo la primera lectura se corta en un momento bastante importante del relato. Si la leyéramos entera, con lo que aparece a continuación añadiríamos esto:
“Te concedo también aquello que no has pedido, riquezas y gloria mayores que las de ningún otro rey mientras vivas. Y si caminas por mis sendas, guardando mis preceptos y mandamientos, como hizo David, tu padre, prolongaré los días de tu vida”.
A Salomón se le han dejado las manos y el deseo libre para poder pedir lo que desee y él pidió sabiduría. Dios, viendo la elección sabia de Salomón que no pedía ninguna otra cosa fuera de eso (riquezas, vida larga...) le condede lo pedido y todo lo no pedido. Salomón ha dejado todo lo accesorio, aunque deseable, a un lado y ha ido a lo fundamental para el gobierno: sabiduría y prudencia y Dios, viendo el desprendimiento y la indiferencia respecto a lo accesorio, ha sido generoso y se lo ha dado “todo”. De esta forma lo secundario ha quedado subordinado a lo fundamental.
En el evangelio se remarca ese “todo” el que descubre el tesoro escondido en el campo “vende todo lo que tiene” y compra el campo, el que descubre la perla fina “vende todo lo que tiene” y la compra y la red echada en el mar recoge “toda clase de peces: buenos y malos”, pero el que pesca “discierne” y echa los buenos en cestas y los malos aparte.
Embarcarse en el “Reino” supone dejarlo todo, considerar afectivamente y efectivamente todo secundario al lado del Reino y ser capaz de pedir sólo lo fundamental, como Salomón. Pero la actitud de Dios, que nunca se deja ganar en generosidad, es concedernos ante el desprendimiento emocional, incluso aquello que no nos hemos atrevido a pedir. De esta manera el que lo deja todo por el Reino, lo gana todo, pero ese todo ganado lo recupera siempre de otra forma: no como algo más valioso que da la seguridad en sí, sino como un regalo generoso de Dios al desprendido, al “`pobre de espíritu”. El todo se convierte en un añadido a lo fundamental.
Si somos escribas, cristianos viejos, expertos en la lectura de las Escrituras... el Señor nos aconseja que al acercarnos al Reino distingamos entre lo viejo y lo nuevo. No todo tiene que ser rechazado, pero hemos de abrirnos a la novedad. Un buen consejo en tiempos donde lo anterior tiene miedo de ser superado por la novedad y una invitación a la integración armoniosa e inteligente en la Iglesia y en el mundo: “un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo”.
Buen Domingo.
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