El sembrador generoso
Comenzamos una serie de Domingos en los que Jesús nos plantea el Reino y su dinámica a través de parábolas. La palabra parábola, etimológicamente, señala a algo que se nos plantea para nuestra consideración. Este domingo desarrolla la parábola del sembrador generoso, la semilla fecunda, el campo diverso, el fruto y cosecha variada y la paciencia del que sabe esperar a que la semilla dé el fruto que ha de dar.
La parábola nos habla del Reino de Dios. El Reino que nos llega a transformar nuestro corazón y el de la Comunidad cuando nos alcanza la semilla de la Palabra. Sin siembra, no hay germinación y fruto. La Palabra que es Dios mismo, que se nos sugiere con una propuesta de felicidad a cada uno de nosotros, y que, dependiendo de nuestra acogida, fructifica o no. La acogida es a Dios mismo.
La siembra es generosa, sin medida y sin cálculo. La imagen ha sido escogida por Jesús adrede. Dios siembra generosamente y la semilla sembrada no se desperdicia nunca, dé el fruto que dé. Por tanto, la siembra depende de él, es gracia. Necesita de la receptividad nuestra, que es el campo, pero no se condiciona al tipo de campo, es atrevida, siempre llega. Es para todos. Pero comienza de forma individual. Estos días escucho mucho que la salvación y reforma de la Iglesia o es comunitaria o no será nunca efectiva y... mucho me temo que los cambios “comunitarios” son difíciles, si antes no se han realizado “personalmente”. Es más... pueden llevarnos a la decepción si pensamos que nos vamos a salvar unos a otros, olvidando que el que salva es Dios directamente o a través nuestra.
La respuesta depende de nuestra receptividad y deseo de que esa semilla germine o no. Sólo debemos acogerla. No se nos pide mucho más. Acoger con confianza. Si el sembrador ha sembrado “a voleo” ¿cómo somos tan calculadores en nuestros planes personales, olvidando que, esta siembra, crecimiento y fruto depende de Dios y es Dios el preocupado, de verdad, en ello? No depende de nosotros, ni de nuestros planes. Otra realidad que percibimos: creemos que a base de cálculos la evangelización será más efectiva... Los evangelizadores auténticos se dejan llevar por el Espíritu y no calculan porque saben, que de una forma u otra, Dios cambia continuamente el sentido del viento y... lo mejor es ir detrás, no delante. Seguir y no señalar al Espíritu el sentido. El Evangelizador ha de ser como una “veleta” en manos del aire del Espíritu: se moverá según quiera y a donde quiera el Espíritu.
Las respuesta son variadas, pero la semilla sigue ahí... siempre: según la receptividad del campo se producirá el fruto o no, porque hasta los pájaros lo aprovechan en caso de que no eche raíces... Pero si la tierra es fecundada, en el Reino, las respuestas son muy variadas: Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. No pide Dios una única respuesta, ni valora al que da más o menos... cada uno da lo que puede y, en función de ese fruto, se benefician los demás. Querer a tiempo fijo una respuesta única y concreta es cargarse la lógica de la parábola. Sin embargo, los que hacen depender de sus fuerzas todo el peso de la evangelización, acaban sin fuerzas por querer cargar sobre sus hombros, algo que sólo puede llevar Dios: la evangelización. Los que miden en números los efectos de la evangelización no han entendido esta parábola.
Y en todo este proceso Dios es paciente y sabe de que la tierra y los procesos de crecimiento necesitan de “su tiempo”. No es impaciente, sabe esperar e incluso no agobiar, guardando silencio. Ojalá cada uno de nosotros, acogiendo la Palabra, demos el fruto que Dios quiera y, dando fruto, lo transmitamos por testimonio a los demás. Ojalá la Iglesia asuma esta realidad y sus proyectos de Evangelización los haga con paciencia, sin tensiones y sabiendo esperar al tiempo de Dios, que no es el nuestro.
Desde el monte Carmelo, Elías esperaba en su cueva, la señal de que la lluvia llegaría a la tierra. Espera confiando. La señal fue una insignificante nube al fondo del horizonte, pero esa nube trajo el agua aguardada. Elías supo en ese momento bajar rápido, antes de que diluviara. Hoy día de la Virgen del Carmen, pidamos a Dios la paciencia del sembrador y los ojos de Elías que supo ver en esa pequeña nube, el cumplimiento de la promesa de Dios. Los ojos de la Madre que se fió de que todo en su persona iba a ser gracia y su persona fue tierra fecunda, diciendo únicamente “hágase en mí”.
Buen verano.
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