Recuerda todo el camino
“Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto...” nos recuerda la primera lectura del libro del Éxodo. Hace unas semanas, alguien me hacía notar que “había olvidado momentáneamente quién soy” y que “necesitaba hacer memoria de los dones y la vocación recibida”. Aquella recomendación me sigue manteniendo en medio de las adversidades. Y “hacer memoria” es medicinal.
Recordad quiénes somos, recordar cuál es nuestro destino si seguimos al Maestro, rememorar los gestos del Maestro que, por la gracia y la fuerza de su Espíritu, se hacen presentes en nuestro tiempo, en el aquí y ahora. La Eucaristía nos recuerda quién es Jesús continuamente y nos recuerda quiénes somos, o debemos ser nosotros. “Yo he recibido una tradición del Señor....” nos dice Pablo. “: “Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.» Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.» Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.”
La noche en que iba a entregarse (porque lo hizo voluntariamente) por nosotros anticipó en el gesto y las palabras del pan y del vino su entrega en la Cruz y, al hacerlo, resumió su vida entregada y anunció su muerte por amor. Cada vez que adoramos la Eucaristía adoramos al Mesías sufriente, rechazado y clavado en la Cruz por nosotros y, cada vez que aumenta nuestra unión con él, aceptamos compartir ese destino en nuestras vidas si se diera el caso: el rechazo, el descarte... por lo mismo que él lo hizo: hacer la voluntad del Padre. Una voluntad que terminó en un “aparente fracaso” el viernes Santo. La Eucaristía nos empuja siempre a la solidaridad con todos, de lo contrario, no es auténtica y puede no agradar al Señor.
Dios no quiere, evidentemente que suframos y quiere que pasemos haciendo el bien, como su Hijo, pero la realidad, que vive de espaldas a Dios, hace violencia a ese Reino que llega y eso siempre trae dolor y cruz. La Eucaristía, que es acción de gracias, nos enseña que ese dolor puede transformarse por la identificación con Jesús, en acción de gracias y en fuente de bondad.
Comer el cuerpo y la sangre de nuestro Señor nos une a su destino de fracaso y Cruz. Un fracaso y una cruz que se vuelven fecundos al unirnos a él. Su unión al Padre y su actitud en la Pasión se trasladan a nosotros el celebrar la Eucaristía.
Pero este memorial de la Pasión no está completo sin la Resurrección. Porque Jesús ha resucitado y vive y está con nosotros su entrega tiene sentido para nosotros. Es la resurrección a la que alude hoy el evangelio de Juan la que nos sostiene y anima y la que hace que, al final, el mal no tenga la última palabra. Por eso: “ el que come este pan vivirá para siempre”. La Eucaristía es semilla de inmortalidad, apunta a la Vida Eterna.
Hay un rito que muchas veces pasa desapercibido en la Eucaristía: en el momento de la fracción del pan, tras la paz y antes del Cordero de Dios, el sacerdote deja caer una partícula del pan en el cáliz. Las especies que estaban separadas se unen en ese momento. Este gesto simboliza la Resurreción: el Cristo Resucitado presente que va a recibir la comunidad para unirse a él y sembrar el ella la inmortalidad. “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”.
El pueblo ha agradecido siempre que su Señor pasee por sus calles, ha preparado lo mejor para él y lo ha aclamado como el “amor de los amores”, es decir, el máximo amor, el más grande. Y el Señor avanza en nuestras custodias mirando, no apartando la vista; incluyendo, no excluyendo a nadie; levantando, no aplastando; llamando personalmente a cada uno de nosotros, incluso a los apartados de la Comunidad. Avanza con sencillez, pues está en ese “pan”. Y, generoso, el pueblo recibe su bendición. Con razón este día siempre es su día: “El día del Señor”.
Los que hemos tenido la suerte de servir a nuestros hermanos preparando esta fiesta, colocando su cuerpo en la custodia o ayudando a que el pueblo exprese su gozo y fe no podemos dejar de vivir este día de forma muy especial.
Yo deseo que al paso de la custodia nos dejemos “mirar” por él, nos dejemos interpelar por él... dejemos que él tome la iniciativa este día. Sólo será “su día” si estamos preparados para que así sea. La mejor manera de que así sea: desearlo, decírselo y esperarlo porque Él pasa siempre.
Feliz Corpus.
José Andrés.
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