Si no veo...

 

  Estamos celebrando el Domingo de la Octava de Pascua. Esta semana la hemos celebrado como un solo día. En ella hemos escuchado cada uno de los días de la semana un evangelio correspondiente a cada una de las apariciones de Jesús resucitado a los apóstoles y discípulos.

 

Ayer escuchábamos el final del evangelio de Marcos que recoge y remacha la actitud continua de los apóstoles ante el anuncio de la Resurrección: la incredulidad. Así escuchábamos el sábado de la semana de Pascua:

 

Ella (María Magdalena) fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando. Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron. Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando al campo. También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron.

 

Hoy, el que no cree es Tomás. No cree porque el salto que hay que dar es tan grande que necesita, como han necesitado los demás apóstoles, del propio Jesús. Jesús tiene que dejarse ver. Ante la aparición a Tomás Jesús arrancará de boca de Tomás la preciosa confesión: «Señor mío y Dios mío!».

 

Jesús no se enfada ni con los discípulos ni con Tomás, Jesús sigue trayendo la paz y le ofrece a Tomás la oportunidad perdida de verlo y tocarlo.

 

La Resurrección, entendida tal cual la cuentan los evangelios, supone un salto de fe tan  grande que necesita siempre de la ayuda del Señor. Nuestra fe se basa en el testimonio de los apóstoles y, en este tiempo nuevo del Espíritu iniciado por Jesús, se basa en el encuentro personal con él en el Espíritu. Nosotros no lo vemos como ellos lo vieron, pero, gracias al Espíritu, sentimos su presencia transformadora en nuestras vidas.

 

No deberíamos extrañaros de que en la Iglesia flaquee la creencia en la Resurrección narrada tal cual es,  o de que la gente prefiera quedarse en el viernes santo o en el silencio del sepulcro. Al fin y al cabo es lo más humano...

 

No deberíamos forzar a creer lo que es un don de Dios. Un regalo: creer que está vivo e interviniente en nuestra vida. Es una revelación única y personal a cada uno de nosotros.

 

No deberíamos enfadarnos si los demás no lo ven y menos aún crear una alegría que no es verdadera y que no ha nacido de un auténtico encuentro. Cosa que,a veces pasa en muchas comunidades...

 

Deberíamos acoger a los que no lo creen, como los apóstoles acogieron a Tomás en el Cenáculo, y esperar. Tener la caridad de acoger al que no cree. Tener la esperanza de que el Resucitado siempre aparece de forma misteriosa y nueva en esta nueva forma inagurada por el Espíritu y tener la fe de Tomás, que llega a nosotros que sin haber visto, creemos.

 

No creer no es malo. Lo malo es creer o decir que creemos y vivir como si no creyéramos. Ser sinceros como Tomás no es malo, lo bueno es estar abiertos como él a la posibilidad de que el Señor se haga sentir.

 

Tomás, gracias por provocar en Jesús la necesidad de manifestarse a ti porque hemos visto que el Resucitado cumple el deseo de dejarse notar cada vez que se desea de corazón.

 

Feliz Octava de Pascua.

 

J.A.

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