Daré mi vida por ti
Las promesas, los proyectos, las opciones... cuánta voluntariedad para tan poca cosa como somos... ¡Qué poco católico es el “voluntarismo” en cuestiones fundamentales! Un gran amigo, un bendito amigo me recordaba: “en las cosas verdaderamente importantes de la vida no podemos hacer nada, mas que confiar en Dios”. Quizás el cambio se produce dentro de nosotros cuando acabamos por aceptar que no podemos hacer “solos” lo que tanto nos preocupa, lo que nos hace caer, lo que nos hace vernos mal ante Dios... y que sólo cuando le dejamos a Dios el timón empiezan a producirse cambios en nuestra forma de ser que no hubiéramos imaginado. Hacer, hacer, hacer... ¿para qué? O ¿por qué? O mejor, ¿para quién? ¿Quién o qué mueve eso en nuestra vida?
A la mesa se han sentado los doce. El que más quería al Maestro, la piedra de la futura Iglesia... un cobarde... el que menos lo entendía... un traidor. Los demás huirán todos... el peso de la Pasión se hace insufrible para el grupo de los doce... El discípulo amado, permanece cerca, pero no puede evitar todo este desatino. No pueden entender que el Maestro se ofrezca sin resistencia y les da miedo dar la cara.
Jesús no ha excluido de la mesa a nadie: ni al cobarde, ni al traidor. Todos han estado presentes en el momento del lavatorio de los pies, donde les ha dejado claro que ya no hay diferencia entre Maestro y discípulo, donde les ha dado la prueba máxima del amor: la entrega que rompe todo tipo de barreras.
En esa mesa manchada por la negación y la traición nos sentamos todos. En esa mesa el Maestro quiere anticipar en el pan y el vino el sacrificio de la Cruz y resumir su vida entera: tomad, comed... tomad, bebed... Jesús los entiende y los perdona ya de antemano. Resucitado, no les echará en cara el haberlo abandonado, negado o traicionado... les traerá la paz y el perdón. Ellos no darán crédito cuando lo vean, de nuevo, con las heridas de la cruz: las llagas del crucificado.
Es la mesa de la Iglesia, es la mesa de la vida, de nuestras historias personales donde nada es perfecto, pero donde Él se da. Él avanza en su entrega no condicionado por nuestras actitudes y respuestas porque a Él lo mueve hacer la voluntad del Padre, que pasa por no perdernos a ninguno de nosotros,
Pongamos la mesa pascual donde nos encontremos, sabiendo que, sólo contando con el Maestro, podremos estar a la altura de lo que nos pide, que nadie merece más que nadie lo que él nos entrega y que, aunque lo neguemos o traicionemos, Él seguirá entregándose por nosotros hasta el final.
J.A.
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