Ofrecer la voluntad

 

Llegamos al V Domingo de Cuaresma. Si hemos acompañado a la Samaritana al pozo donde Cristo nos ha ofrecido el agua que salta a la vida eterna y hemos lavado nuestros ojos en el agua que nos ha limpiado de la ceguera, como al ciego de nacimiento para recorbar la Luz, ahora, ante la realidad de la muerte, encontramos a un Jesús que nos remite a la Vida que da el Padre. Hoy el evangelio apunta  a la realidad más definitiva de todas para los creyentes: la Resurrección y la Vida.

 

Curiosamente este Domingo lo celebramos tras haber celebrado el sábado la solemnidad de la Encarnación. En el momento de la Anunciación y Encarnación Dios pide permiso a un mujer, María, para poder llevar a cabo el plan de salvación sobre la humanidad, haciéndose hombre. María entrega su voluntad al Señor: “he aquí la esclava del Señor”. La voluntad es entregada a quien más nos quiere, mira por nosotros y por los que están a nuestro lado. Gracias a la entrega de esta voluntad se abre paso el plan de Dios. Dios pone su pie en la humanidad, gracias a la libertad de María.

 

El jueves santo contemplaremos a un Jesús, que antes de sufrir la Pasión y la Muerte por nosotros, nos entregará su Cuerpo y su Sangre, como signo y memorial de su entrega plena por nosotros. Pero horas más tarde entregará al Padre, como hombre completo que es, algo que ya entregó María y que es precioso a los ojos de Dios: SU VOLUNTAD. Lo hará en el Huerto de los Olivos, cuando pida que, si es posible, pase el cáliz de la Pasión, pero que no se haga la voluntad de de Jesús hombre, sino la del Padre.

 

Un hombre, como nosotros, plenamente como nosotros, excepto en el pecado, que con sus actitudes nos enseña a vivir confiados en el Padre, como lo hizo María. Jesús y María sabían que decir sí a Dios y sus planes no supone verse abandonados a la intemperie porque el Padre responde siempre.

 

Y enlazo este Domingo con la Encarnación y el Huerto (lugares privilegiados de la Encarnación y Humanidad de Cristo) porque en este evangelio contemplamos a un Jesús que apunta a la Vida desde una encarnación no fingida... y me fijo sólo en dos detalles:

 

Jesús ha demorado acudir a visitar a Lázaro y ha muerto. Jesús escucha a Marta y María y se emociona profundamente, llorando por la muerte de su amigo. Un Jesús tan humano, como divino. Se conmueve por lo sucedido y los propios judios comentan: “mirad, cómo lo quería”.

 

Jesús antes de realizar el signo que apunta al gran signo, que no es otro que su propia Resurrección, se encomienda al Padre. Vemos un Jesús que no actúa directamente, le comenta al Padre que sabe que lo escucha y le pide que actúe para que crean los que están presentes. La amistad con Lázaro le lleva a dejar claro ante el Padre que Jesús no busca ventajas “para su amigo” si el Padre no lo quiere así. Le deja las manos libres al Padre, que actúa, apoyado en las palabras de Jesús: “Lázaro, sal fuera”.

 

Entregar la voluntad, dejar las manos libres a Dios, aprender que los caminos de Dios nunca dejan de llevar a la meta, pero por donde Dios quiera... como la Pasión de su Hijo, aparentemente estéril, pero puerta a la Resurrección y la inmortalidad de todos y cada uno de nosotros.

 

Feliz Domingo de la VIDA.

 

Él es la VIDA porque HA RESUCITADO.

 

J.A.

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