No contéis a nadie la visión
Llegamos, como todos los segundos Domingos del Cuaresma al Tabor y contemplamos la escena de la Transfiguración. Todos los años pasamos del desierto (primer Domingo), al monte Tabor (segundo Domingo). En el desierto vimos a un Jesús tentado, ahora contemplamos a un Jesús iluminado.
El Evangelio de hoy comienza en la proclamación ante la asamblea con el comienzo genérico: En aquel tiempo. Pero el capítulo 17 de san Mateo es muy preciso al comenzar este relato: Seis días más tarde. Seis días más tarde de qué... de la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo, ante la pregunta de Jesús Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?: Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». De la afirmación de Jesús: «¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Del primado de Pedro: Te daré las llaves del reino de los cielos. De la imposición del silencio: Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías. Del anuncio de la Pasión por parte de Jesús: “Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.” Y de la reacción de Pedro: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte». Y de la postura de Jesús ante Pedro: ¡Apártate de mí, Satanás!
A los seis días sube Jesús al Tabor con Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se transfiguró delante de ellos. Aparecen Moisés y Elías conversando con él sobre (como dice Lucas) su Pasión y Resurrección en Jerusalén. Pedro sigue sacando los pies del plato y ante esta visión, quiere que se detenga el tiempo: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». La intervención de Pedro queda quebrada por la voz del Padre: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». El miedo se apodera de los apóstoles a los que Jesús tranquiliza y les recuerda que «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».
Seis días a Pedro se le revela que Jesús es el Mesías, pero el mismo Pedro entiende el mesianismo de Jesús en una clave distinta a como Dios quiere, pues Jesús reacciona con dureza ante la imposibilidad de aceptar que Jesús sufra la pasión. Ahora Pedro, junto con Santiago y Juan, contempla la revelación directa del Padre a ellos y las palabras: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». Según Lucas ellos perciben el contenido de la revelación a Jesús y es el propio Jesús quien, en este relato, les prohibe que cuenten la visión hasta después de la Resurrección. Es el mismo Lucas, quien nos recuerda que ellos no entendieron qué significaba eso de “resucitar entre los muertos”.
Del desierto, donde las intenciones han quedado puestas a prueba y purificadas, a la revelación. En este camino cuaresmal necesitamos descubrir que hay realidades que sólo pueden ser iluminadas por Dios. Dios reveló a Pedro que Jesús era el Mesías, el Padre revela a los apóstoles que Jesús es el Hijo y a él hay que escucharlo. Y... ¿cómo no? ... el Padre deja claro a Jesús que su misión en Jerusalén pasa por la Pasión y la Cruz.
El Evangelio de hoy nos invita a vivir nuestro camino vital y cuaresmal en unión con Dios. Nos invita a la oración, entendida como unión con Dios, donde se ilumina nuestra realidad y nuestra persona. Nos ayuda y descarga de esfuerzo porque Dios no nos deja solos como superhombres para vencer pruebas y lograr proezas, ¡no! Dios nos acompaña, él nos aclara internamente las cosas y nos ilumina en determinados momentos del camino. Esos momentos de iluminación interna unas veces podrán ser compartidos, pero otras no. La mayor parte de las veces silencio y discreción nos acompañarán y ayudarán en nuestro trato con los demás porque quien anima a hablar en unos momentos, puede animar a guardar silencio en otros.
Recogería hoy tres ideas: vivir en comunión con Dios porque el camino lo debemos hacer de su mano (oración), vivir iluminado por Dios porque no estamos solos (transfiguración/revelación), caminar hacia donde Dios marque y como Dios marque (obediencia), sabiendo que sus planes pueden ser muy distintos de los nuestros (recordemos a Pedro). Y esto, no con la ayuda de la publicidad y la fama que son malas compañeras (como nos recordaba una amiga nuestra, Imna), sino desde el silencio que sólo debe ser roto cuando Dios quiera.
Hay gente que, por desgracia, se ha dejado llevar por el método histórico-crítico aplicado a la exégesis de los evangelios y cree que este relato que está en los tres sinópticos es una invención o una catequesis de cada evangelista... Pues habría que recordarles la carta II de Pedro en la que dice, recordando la transfiguración: Porque él recibió de Dios Padre honor y gloria cuando desde la sublime Gloria se le transmitió aquella voz: «Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido». 1Y esta misma voz, transmitida desde el cielo, es la que nosotros oímos estando con él en la montaña sagrada”.
Hay personas que han seguido adelante en su misión, precisamente por haber sido iluminadas en oración. Hay una santa muy popular a la que le dijeron que no debía salir del convento, apoyándose en las cartas Paulinas y los textos sobre las mujeres. Esta misma mujer recibe la siguiente revelación: Parecíame a mí que, pues San Pablo dice del encerramiento de las mujeres -que me han dicho poco ha y aun antes lo había oído-, que ésta sería la voluntad de Dios. Díjome: «Diles que no se sigan por sola una parte de la Escritura, que miren otras, y que si podrán por ventura atarme las manos». He citado a Santa Teresa, Doctora de la Iglesia. Esta santa sí se tomó en serio la oración y fue libre.
Feliz Domingo.
J.A.
Comentarios
Publicar un comentario