Pero yo os digo
Celebramos el último Domingo de tiempo Ordinario antes de comenzar la Cuaresma. El próximo miércoles será Miércoles de Ceniza.
El próximo miércoles escucharemos la llamada a la conversión en la misma imposición de la ceniza: “conviértete y cree el Evangelio”.
¿Qué significa “convertirse”? La palabra griega que aparece en el Nuevo Testamento es “metanoia”. Una palabra compuesta de dos palabras: la preposición “metá” (que indica “desplazamiento”, “cambio”) y noia (que procede de “nous”, conocimiento). La palabra viene a significar “cambio de manera de pensar”, “cambio en la forma de enfocar la vida”, para poder creer el Evangelio. Es trata de dejar de enfocar las cosas a nuestra manera, para enfocarlas desde Dios.
Este desplazamiento de nuestras convicciones y de nuestra manera de enfocar la vida se produce cuando decidimos darle a Dios la opción de entrar en el centro de nuestra realidad y nuestra existencia. Se trata de dejar a Dios, desde nuestra libertad, que ocupe nuestro más profundo centro y nos transforme. Una transformación que no anula, que respeta nuestra forma de ser y la plenifica, incluidas nuestras debilidades.
Por eso, la conversión cristiana, no es a un sistema de normas de conducta, sino a una persona que transforma y nos lleva a la felicidad. Es Dios quien nos pide permiso para entrar en nuestra vida y el que nos pide no tanto que nos comprometamos con él o con los demás... sino, más bien, que nos entreguemos a él y a los demás. La conversión acaba llevándonos a entregarnos a él y a los demás por amor.
Convertinos a él supone superar el “se dijo” para pasar a aceptar “pero yo os digo”. Nada de “ojo por ojo y diente por diente”, sino “amad a vuestros enemigos”. Esa superación de la ley nos lleva a amar con radicalidad.
Llegar a la perfección de amar a todos como Dios ama sólo lo puede hacer Dios por transformación del corazón. Las heridas son difíciles muchas veces de sanar, pero nos invita a querer sanarnos el que ha sido herido por amor por nosotros y con sus heridas se presenta resucitado ante nosotros.
Acoger en la Iglesia a quien cumple y quien no cumple, escandaliza aún y bastante. Pero Jesús en la cruz aceptó ser considerado poscrito, delincuente, blasfemo, soberbio, falso profeta, loco... por nosotros. ¿Estamos dispuestos a aceptar ser contados entre los que no cuentan? ¿Deseamos compartir la suerte del Maestro y que ser manchados en el qué dirán de nosotros? ¿Queremos una Iglesia que ponga un letrero que diga a la entrada: sólo los puros, acompañado de una botella de lejía... y una buen perfume que disimule lo que somos ? ¿ O queremos una Iglesia donde entren todos a ser sanados porque todos estamos heridos?
Feliz inicio de una Cuaresma donde abramos el corazón, nos dejemos transformar y entreguemos nuestra existencia a Dios y los hermanos.
J.A.
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