Os haré pescadores de hombres
Celebramos en este domingo III del tiempo Ordinario el Domingo dedicado a la Palabra de Dios, dentro de la Semana de Unidad de los cristianos que finaliza el 25, día de la conversión de san Pablo.
Hoy, escuchando la homilía, el celebrante nos recordaba Tierra Santa: Cafaranaún, lugar donde se instala Jesús, ciudad ajetreada, cruce de caminos, desde la que se ve el Lago de Galilea perfectamente. Un lago tranquilo, sereno. Allí se traslada Jesús, Maestro en movimiento que acude a los más pecadores y perdidos de la vida y allí les anuncia la llegada del Reino.
La llegada del Reino viene marcada por un imperativo “convertíos”. La palabra griega es “metanoia” que significa “cambio de manera de enfocar la vida”. El imperativo va acompañado de una afirmación positiva: “el Reino está cerca”. Y, para esa conversión, no hace falta “bautizarse en agua” porque el cambio lo va a producir el “Espíritu” ya que nosotros, por nuestras propias fuerzas, no podríamos.
Ese Reino es para todos, sin exclusión. Así lo ha recordado hoy el papa Francisco al que le gusta utilizar la imagen de la “Iglesia” de puertas abiertas, sin exclusiones y que hoy, en Roma ha afirmado: “Jesús “ensancha las fronteras”, "no está destinada sólo a los justos de Israel, sino a todos”.
Ese anuncio del Reino va acompañado de palabras y gestos, como nos recuerda el evangelio de hoy: “Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo”. Proclamando y curando. Así nos recuerda el papa Francisco en reiteradas ocasiones que la Iglesia debe ser “un hospital de campaña”, para todos, sin exclusiones. Hoy en Roma, Francisco nos ha recordado: "que no nos suceda profesar la fe en un Dios de corazón ancho y ser una Iglesia de corazón estrecho; predicar la salvación para todos y hacer impracticable el camino para recibirla”. El Espíritu, me atrevo a decir, que ha añadido al Cooperatores Veritatis (Colaboradores de la Verdad), la sencillez y apertura a todos de este pontificado, realidad a la que muchos cristianos están profundamente agradecidos. No hay cristianos de primera y segunda... todos vivimos en una Cafarnaún donde llega el Maestro que no excluye.
Y esta Misión, grande y sin fronteras, no quiere hacerla solo, quiere contar con nosotros. Nos llama a colaborar a esta Misión compartida, como hoy en el evangelio llama a dos parejas de hermanos: Pedro y Andrés y los Zebedeos. En esta Misión no estamos solos porque nos llama y acompaña él y la hemos de vivir con los demás.
Para esta Misión nos llama tal y como somos. Dios no nos anula, no es aristocrático... llama a todos, respetando sus cualidades (que ya las ha dado Dios antes) y potenciándolas. Pedro y Andrés seguirán siendo pescadores, pero su capacidad se ensanchará, se pondrá al servicio del Reino... llegarán a ser pescadores de hombres... Es que Dios no aplasta nuestra personalidad, sino que la plenifica hasta donde no podemos ni imaginar... Pero es él el que debe hacerlo con nuestro permiso. Como el pan y el vino en la Eucaristía son transformados en su propia persona. Dios haciendo cosas grandes con gente sencilla.
Y en esta tarea no caben los personalismos, los celos, las envidias de las que habla Pablo en la segunda lectura. Sólo cabe el agradecimiento y la unidad en Cristo que nos une a todos. En la semana de unidad de los cristianos la segunda lectura nos viene perfecta. La unidad, también, entre los católicos precisamente ahora que parece que se recrudece la división entre visiones distintas, y el ataque a Pedro, que hoy se llama Francisco, olvidando que Ubi Petrus, ibi Ecclesia (Donde está Pedro, allí la Iglesia).
Que al escuchar esta llamada a soltar nuestras redes... “enseguida” sigamos tras el único que no nos engaña, ni utiliza, ni anula... sino el que nos es fiel, nos respeta y nos ensancha.
Buen Domingo.
Comentarios
Publicar un comentario