Este es mi Hijo amado

 

En los domingos que nos preparaban a la celebración del Misterio de la Navidad Juan ocupaba un lugar importante: era el que señalaba al que había de venir, el más fuerte, al que no merecía desatar la correa de las sandalias. Hoy, último día de la Navidad, nos espera Juan en el Jordán de nuevo. Celebramos la fiesta con la que concluye la Navidad y se inician los domingos del Tiempo Ordinario.

 

Hemos asistido en la liturgia de estos días al Misterio hecho carne en un niño, adorado por los pastores y por los Magos, nacido de una mujer, María, expuesto a la persecución y la huida...

 

La liturgia hoy nos traslada al momento en que Jesús, bautizado por Juan en el Jordán, presentado por el Padre como su Hijo amado en quien se complace y ungido por el Espíritu, va a iniciar su misión: la proclamación del Reino con sus palabras y sus signos.

 

El momento lo recogen los cuatro evangelistas con algunos matices distintos. Queda claro  que en un bautismo general Jesús se puso a la fila con los demás pecadores y en el texto de Mateo y de Juan queda claro que el Bautista oye la voz y ve al Espíritu descender sobre Jesús.

 

Jesús inicia su misión haciéndose solidario con todos los pecadores que acudían a Juan. Su gesto destroza el puritanismo de Juan que no entiende que acuda a ser bautizado por él y no al revés. Jesús supera esa necesidad de limpieza “externa” para ser considerado el Hijo muy amado. No teme ser contado entre los pecadores y su gesto de ser bautizado, recibe respuesta del Padre, recibiendo la auténtica fuerza que puede provocar la conversión e impulsar a la Misión: el Espíritu. No es ya necesario esa inmersión en agua para limpiarnos y morir a lo anterior. La solidaridad con la humanidad en su pecado y deseo de conversión recibe la unción de la fuerza que guiará a Jesús siempre: el Espíritu. Sobre quien no cometió pecado desciende la fuerza que nos ha de transformar a todos.

 

El Espíritu no se somete a nuestros esquemas de “eficacia” y envía primero a Jesús al desierto, donde va a ser tentado por el Mal. Allí se va a decantar por hacer la voluntad del Padre. No ha bastado con ser señalado por el dedo del Padre en el Jordán... el Espíritu lo lleva más allá... al desierto, a la tentación, donde vuelve a hacerse solidario con nosotros.

 

Y es el Espíritu el que después lo llevará a su ciudad natal que lo rechazará. El mismo Espíritu que lo llevará a pasar haciendo el bien curando a los que sufren todo tipo de dolencias y males... pero instalándose primero en esa ciudad tan dura: Cafarnaún donde llamará a los primeros discípulos y desarrollando la misión entre los más pecadores.

 

El Ungido, el Predilecto, el Señalado por el dedo de Dios no teme mezclarse con los pecadores y ser contado como uno de ellos. Esta manifestación y Epifanía con la que concluimos la Navidad nos devuelve a lo cotidiano: donde el bien y el mal conviven, a las relaciones humanas donde lo bueno y lo malo caminan juntos ... nos sitúa (para aquellos que piensan que la religión nos adormece) en la mismísima realidad. Y nos aleja de los puritanismos que no cuentan con Dios y sí con nuestras propias fuerzas.

 

Una realidad donde no caminamos solos. El Espíritu que nadie sabe de dónde viene ni a dónde va... para el que no existen los grandes planes pastorales... siempre sorprende con tal de estar abiertos y dispuestos a dejarnos llevar por él. No se deja encorsetar y rompe los odres viejos con el vino nuevo.

 

Bonita fiesta que, como el fin del Triduo Pascual, nos sitúa ante nuestra realidad de bautizados y ungidos por el Espíritu para pasar, como el Maestro, haciendo el bien.

 

La cosa empezó en Galilea, la cosa empezó o tal vez empiece en un momento concreto de nuestra existencia: aquel en que le demos el mando de la nave de nuestra existencia al mejor capitán: el que ya ha vencido la muerte por nosotros y que hoy nos invita a cada uno de nosotros a escuchar de la boca del Padre: eres mi hijo, en ti me complazco.

 

J.A.

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