Los ojos de María

 

Celebramos hoy, 1 de Enero la Octava de la Navidad. Durante ocho días hemos celebrado el Misterio de la Encarnación de Dios en la historia humana. La Iglesia culmina esta celebración del nacimiento de Jesús, celebrando el título más importante de María: Madre de Dios. La Maternidad de María resume perfectamente lo celebrado estos días.

 

María nos ha acompañado en la preparación del Adviento, en la espera de la celebración de estas fiestas. Nos ha acompañado en la noche de Navidad, en la celebración del Misterio de la Sagrada familia y en este día. Hay una expresión clave en el evangelio de Lucas que dice mucho de la actitud de María respecto a los planes de Dios y que nos enseña mucho a los que seguimos a Jesús a cómo estar abiertos a la voluntad de Dios, seguir los planes del Señor sobre la marcha e interiorizar la acción de Dios en nuestras vidas: “María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”.

 

María en el anuncio del ángel escucha de boca del ángel una propuesta para colaborar en la llegada del Mesías y ella, la criatura mejor dispuesta de la humanidad, acoge esa propuesta y responde con un sí confiado a ella. Una propuesta envuelta en unas expresiones solemnes: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti... la sombra del altísimo te cubrirá con su sombra... el que nacerá de ti... el Señor Dios le dará el trono de David su padre... reinará sobre la casa de Israel... su reino no tendrá fin... “ Ella acoge la invitación con una expresión que la retrata de cuerpo entero: aquí está la “esclava” del Señor, que se haga en mí según tu palabra”. Traducido a una expresión más cercana: que sea lo que Dios quiere para mí.

 

María no se para a meditar eso que se le ha dicho, no le busca el sentido teológico, no intenta descifrar el anuncio que esas palabras contienen... en seguida se pone en camino y va a visitar a Isabel. No se engríe, ni se vanagloria o cae en soberbia... todo lo contrario: responde al anuncio con el servicio a su pariente, Isabel, que está necesitada. Y ese servicio se ve envuelto en el reconocimiento de Isabel de las maravillas que Dios obra en María: “Dichosa tú que has creíado que lo que te ha dicho el Señor, se cumplirá”.

 

En la noche de Navidad, la Sagrada Familia se traslada a Belén y, obedeciendo el decreto de Augusto, el emperador obedece a Dios, pues se cumple la profecía del nacimiento en Belén. Así son las cosas, los poderosos pueden ser utilizados en los planes de Dios sin que lo sepan. En esa noche da a luz al Señor de este mundo, que viene a este mundo, pero sin que el mundo se entere. Es normal que María tuviera que meditar y amasar en el corazón esta nueva forma de llevar Dios a cabo sus planes en la más absoluta discreción. Cuánto más meditaría que los primeros en reconocer la llegada del Mesías eran pastores... y no digamos cuando, después, se percatara que este Mesías era para todos los pueblos y no sólo para Israel, en la figura de los Magos.

 

Al entrar en el templo para presentar al niño y purificarse por el parto el mismo Espíritu que descendió en las entrañas virginales de María es que que inspira a Simeón para que acuda al templo, donde cumplirá su promesa de ver al Mesías y donde profetizará que este niño será luz para todos los pueblos, pero también, signo de contradición que la propia María vivirá con dolor: “y a ti una espada te traspasará el alma”. En ese momento María sigue meditando lo que acontece.

 

Una familia que no es una “familia real” y que tiene que huir porque el rey que gobierna quiere terminar con el niño... una familia perseguida, pero que lleva y custodia al salvador del mundo... se sigue cumpliendo la promesa en medio de la persecución de los poderosos.

 

María ve de primera mano la acción de Dios. Confía en el Señor, aunque aparentemente las dificultades y limitaciones sean lo que prevalezcan, medita cómo lo prometido se realiza por medios sencillos, pobres y limitados y cómo Dios no abandona nunca a los que ha elegido para colaborar con él. María es la mujer que sabe decir sí y que mantiene ese sí frente a todo lo que suceda, aunque pueda parecer contrario. María es la mujer de la escucha y la que medita en su corazón.

 

Y cuando ha visto cómo todo va cumpliéndose, pero de la forma que menos podía esperar... tiene los ojos siempre puestos en Dios. Recuerdo un cuadro de la Parroquia donde fui bautizado y a la que he servido hasta hace poco. Ahora está cerca de la pila bautismal. Mi padre me cuenta que, ante las dificultades que mi madre tuvo en el parto, al día siguiente de mi nacimiento me llevó ante el cuadro que he mencionado antes y me presentó a la Madre. Ahora, siempre que puedo lo contemplo y caigo en la cuenta de ese detalle: ella tiene en brazos a su Hijo, se ha realizado la promesa del ángel, pero sus ojos permanecen fijos en el cielo, en Dios. A su lado unos ángeles sostienen un espejo, pero ella mira al cielo. Porque María, sucediera lo que sucediera, bueno o dificultoso, nunca dejó de mirar a Dios, nunca retiró su mirada de Dios. Mira a Dios en el pesebre, mira a Dios en la predicación del Reino y en la Cruz, también. En lo bueno y lo malo, sus ojos clavados en Dios.

 

Eso deseo para todos: un año donde suceda lo que suceda... siempre mantengamos los ojos y el corazón puestos en Dios, origen de todo bien y defensa frente a todo mal, principio y fin de la historia de cada uno de nosotros. Un año donde no nos anticipemos a los planes de Dios, sino que vayamos tras él, meditando en nuestro corazón su forma de llevar a cabo sus planes, en sencillez y humildad.

 

J.A.

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