Feliz Navidad: contemplar y salir.

 

Hemos llegado, tras el camino del Adviento, al día en que celebramos la Navidad. DIOS Padre en su Hijo Jesús, por obra del Espíritu,  con la colaboración de María, se ha hecho HOMBRE. El inmortal, el inaccesible, el eterno se ha hecho visible, tangible, vulnerable, viviendo una existencia como la nuestra.

Jesús es nuestro Mesías. Nos muestra en su existencia cómo relacionarnos con  Dios, siendo dóciles a las inspiraciones y mociones del Espíritu. Nos enseñará que lo verdaderamente importante es aceptar el Reino que él anuncia, viviendo la nueva Ley que se basa en las bienaventuranzas.

 

La obediencia al Padre lo lleva a aceptar un final trágico tras su anuncio del Evangelio, asumiendo la Cruz por nosotros. Haciéndose solidario con el hombre en la muerte nos abrió las puertas del Cielo resucitando, mostrándonos una esperanza y un horizonte de Vida eterna.

 

Celebramos hoy que Dios ha elegido el camino que nunca elegiríamos ninguno de nosotros para promocionarnos o hacer triunfar nuestros proyectos en intereses: el del abajamiento y el servicio total. El Señor del mundo ha entrado en el mundo sin que el mundo se entere. Ha entrado como levadura que fermenta la masa, como grano de mostaza. Siendo el primero, se ha hecho el último.

 

Para acoger el Misterio de la Navidad nuestra mirada ha de ser transformada porque, quien más, quien menos... no ve las cosas con esta disposición y libertad con las que las ve Dios. Hay una invitación a la conversión de la mirada a la que se nos invita hoy. Limpiar la mirada, hacerse como niños, nacer de nuevo... Una transformación que sólo puede hacer el Espíritu de Dios.

 

Mirar como los ángeles que salen de sí mismos, como el Señor de la gloria, y anuncian a los hombres que ya ha llegado el Mesías, invitando a abandonar el miedo: “No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”. Salen de la gloria y anuncian.

Mirar como los pastores, que desde su limpieza de corazón, son capaces de creer que la señal de que ha llegado el Mesías es ésta: “encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Ellos contarán con gozo lo sucedido. Son los primeros evangelizadores y misioneros y... no han estudiado teología. Salen de su situación a la novedad.

 

Mirar como los magos, los estudiosos y versados... saben dejar a un lado los propios conocimientos y se ponen en camino, protegidos por el Señor del rey Herodes, hasta llegar donde estaba el niño y... vuelven por otro camino, transformados. Éstos no eran como los pastores, sabían... pero estaban abiertos a la novedad. Salieron de su tierra.

 

Contemplar lo prometido como Simeón y Ana, que esperan con esperanza lo que Dios les ha prometido: ver al Mesías. El Espíritu cumple su palabra. Son ancianos y son sabios porque son dóciles al Espíritu que los lleva ante Jesús, María y José... Su docilidad les ha ayudado a salir al encuentro del Mesías.

 

Mirar a un niño como los doctores de la ley, que discutirán con Jesúsen el templo y que creían que tener la llave del saber, pero, como los magos, dejan a un  lado su seguridad para escuchar a un niño. Salen de sus certezas.

 

Mirar como el Bautista que sale de la convicción de que el más justo y limpio no puede ser contado entre los pecadores. Juan sale de su pureza ritual y, tras preguntar a Jesús: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?», recibe la gran revelación de la Navidad: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Ese es el mensaje que escucharemos el día del Bautismo del Señor y que es la respuesta de Dios a lo que hemos contemplado. “Este es mi hijo...” en la transfiguración se añadegm un mandado: “escuchadlo”.

 

Y todo esto que hemos visto y oído... lo han hecho posible de forma directa dos colaboradores excepcionales: María y José.

 

María escuchando, acogiendo y aceptando la voluntad de Dios y José, modelo de discernimiento y de apertura al Espíritu Santo... que protege en todo momento a esta familia, escuchando siempre la voz del Padre.

 

Feliz Navidad para todos y todas. Mi deseo es que a todos nos alcance el amor de Dios estos días y que todo lo que vivamos y experimentemos siempre lo llevemos como María al corazón, para que allí Dios lo amase y lo hornee: “ María conservaba estas cosas, meditándolas en su corazón ”.

 

José Andrés

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