Bienaventurado el que no se escandalice de mí

 

Celebramos este Domingo Tercero de Adviento, el  Domingo Gaudete. Es un Domingo en que la liturgia nos invita a la alegría. La antífona de entrada en latín nos dice: Gaudete in Domino semper: íterum dico, gaudete, Dominus prope est. (Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca. Con este Domingo llegamos casi al momento en que las lecturas diarias van a centrarse en la celebración de la Navidad, esto será a partir del día 18 de diciembre. La austeridad del Adviento se rompe este Domingo en que hasta los ornamentos morados se vuelven rosados, el blanco navideño está cerca y alegra y blanquea el austero morado.

 

Juan sigue siendo el personaje central en el Evangelio. Juan, estando en la cárcel, escucha hablar de Jesús y manda a sus discípulos a preguntarle abiertamente: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». En la pregunta volvemos a comprobar cómo el talante de Juan es humilde y honesto. Él se considera el precursor y quiere saber de primera mano, no por oídas, si Jesús es o no el Mesías que esperan.

 

A la pregunta de Juan no hay una respuesta enunciativa afirmativa: sí, lo soy. No la hay. Jesús se remite a sus obras que declaran quién es él y responden a la pregunta del Bautista, citando el cumplimento de la profecía de Isaías 16, 48: los ciegos ven, y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan. A esto añade: los pobres son evangelizados y bienaventurado quien no se escandaliza de mí.

Somos en general muy dados a dar razones y, si me apuran, hasta a imponerlas por las palabras y discursos o razonamientos... hay quien no deja ni hablar porque ya trae su esquema previamente formulado... Jesús no lo hace así ... remite a las obras. Las obras que hace, que son signo de que el Reino ha llegado certifican que él es el Mesías. La llegada del Reino trae salvación interna y hasta física... pero va más allá... hasta los mismos pobres que son evangelizados y, a su vez, se convierten en evangelizadores. Y si nos escandaliza que Dios cuente con los últimos ... Jesús nos recuerda: Bienaventurado quien no se escandalice de mí.

 

Nos sigue escandalizando que los más pobres puedan ser agentes de evangelización. Los que están al margen, los descartados, los últimos. Hemos convertido la labor de la evangelización, muchas veces, en algo propio de gente “especializada”. Y no digo yo que no haga falta prepararse bien para transmitir el Evangelio, pero sí afirmo que la fuerza del Evangelio, cuando es bien transmitido, la lleva el evangelio mismo, en sí mismo, sin depender de los andamios que los sustenten. Los andamios cuando andan muy creídos ... pueden hasta impedir que llegue de verdad. La fuerza del Evangelio ha de brillar por sí mismo y, por eso, suele apoyarse en medios débiles e insuficientes. ¡Dichoso quien no se escandalice de Jesús y de su opción preferencial por los pobres! Dichoso el que se apoye en Jesús para transmitir el evangelio. No nos escandalicemos de la misma Encarnación que pasa por lo inútil del mundo: el pesebre y la Cruz en la que se entrega el cuerpo y la sangre de la Eucaristía. Medios, aparentemente débiles, pero elegidos por el mismísimo Dios para salvarnos.

 

Ante la actitud de Juan que pregunta y sabe ponerse a un lado cuando llega Jesús, corresponde el elogio del Señor: “En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él». Nadie más grande que Juan, pero ¡ojo! En el Reino el más pequeño es el más grande... Jesús no pierde la perspectiva al elogiar a Juan y vuelve a colocar a los últimos por delante... sabe que Juan no es soberbio: ha realizado bien su misión y sabe ahora decrecer y menguar para que Jesús brille.

 

El tema de la evangelización a los pobres que el papa Francisco nos recuerda una y otra vez: “No me canso de repetir que los pobres son verdaderos evangelizadores porque fueron los primeros en ser evangelizados y llamados a compartir la bienaventuranza del Señor y su Reino”... es un tema muy presente ya en el Concilio Vaticano II: «Como Cristo fue enviado por el Padre a "anunciar la buena nueva a los pobres, a sanar a los de corazón destrozado" (Lc 4, 18), "a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 9, 10), así también la Iglesia abraza con amor a todos los que sufren bajo el peso de la debilidad humana; más aún, descubre en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador, pobre y sufriente, se preocupa de aliviar su miseria y busca servir a Cristo en ellos» (Lumen gentium, 8).

 

Esperemos con alegría (primera lectura) y con paciencia porque el Juez está a la puerta (segunda lectura), y que cuando salimos animosos al encuentro de Cristo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo (Oración Colecta).

 

Feliz Domingo lleno, pleno de alegría. La alegría va unida al anuncio del Evangelio.

 

J.A. 

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