Son hijos de la Resurrección

Estamos ya en el tercer Domingo, antes de la finalización del año litúrgico, y las lecturas de hoy se centran en tema más importante y nuclear de nuestra fe: la Resurrección. El próximo domingo el evangelio se centrará, como todos los años, en el fin del mundo, recordándonos que todo termina antes o después y todo vuelve a Dios. El último domingo, celebraremos la solemnidad de Cristo Rey, con la que finalizaremos el año litúrgico, éste año centrada en la realeza de Cristo en la Cruz y en las palabras al buen ladrón: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».

 

Sí, en verdad, estaremos todos con Cristo en el Paraíso, como el buen ladrón. En la casa del Padre Cristo nos ha preparado una morada porque nuestra vida no termina, se transforma, y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo. (Prefacio de Difuntos).

 

Sí, esta vida “es un camino hacia la eternidad” (Papa Francisco). Así lo entendemos, lo creemos y lo esperamos porque Cristo resucitó. Esa es la verdad central de nuestra fe. Si no creemos que el sepulcro quedó vacío y que “se dejó ver” a los apóstoles tras su resurrección mostrando las llagas de la crucifixión y comiendo y bebiendo cuarenta días con él… nuestra fe está vacía.

 

El anuncio primero de los apóstoles se basa precisamente en la resurrección de Jesús. Recordemos las palabras de Pedro el día de Pentecostés: “Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotrosque hemos comido y bebido con él después de su resurrección”. El Kerigma, curiosamente no se basa en recomendaciones morales, ni en clases de teología… ni en nada de eso… se basa en la experiencia profunda de los apóstoles con el Resucitado. Los apóstoles, que no habían estudiado teología… dan fe de algo real y dan fe de ello de forma sencilla: “nos lo hizo ver”. La resurrección de Jesús da pleno sentido a todo lo que él dijo e hizo… es el sello que Dios pone a la obra del Hijo. El que colgó en el madero es, en verdad, el Mesías que esperaba el mundo.

 

Este anuncio… lo hemos llenado de detalles que no nos competen a lo largo de la Historia… y así surgen asignaturas que, perdonadme la expresión, son teología ficción, que intentan justificar que tiene que haber infierno, cómo es el juicio, cómo es todo lo que sucederá tras la muerte…  Proyecciones de nuestras categorías para el más allá.

 

Sabemos de Cristo que, aunque apareció resucitado a los apóstoles no se dejó atrapar, cosificar por ellos. La experiencia de la resurrección es un misterio. Inagura los tiempos nuevos, el cielo nuevo y la tierra nueva donde habita la justicia. No podemos decir nada más de ella que lo que dicen los propios textos… Jesús lo ha querido así.

 

Estamos en el mes de los difuntos… la gente sencilla se siente acompañada de los suyos que ya han fallecido por la comunión de los santos, saben que están de una forma u otra con ellos y que no han muerto para siempre. El Evangelio de este domingo debería limpiar nuestro imaginario sobre el más allá y llevarlo a la confianza de un Padre que nos recibirá a todos con los brazos abiertos. Deberíamos, sinceramente, no dar culto a la muerte, al miedo… deberíamos celebrar la Vida, la Vida Eterna. Confiar en la Bondad de Dios, más grande que nuestros pecados y creer en la promesa de la Vida eterna que la dejó bien clara Jesús: “Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me ha dado, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el último día”.

 

Hoy, por desgracia, no está de moda hablar de la resurrección en estos términos porque, creo, que muchas veces no se cree de corazón en ella… Otros caen en el extremo contrario preconciliar y nos recuerdan las llamas del purgatorio y todo ese imaginario que nos intenta explicar lo que nadie puede explicar… caemos en el miedo y en la inseguridad en lugar de abrirnos a la alegría de la salvación definitiva. Y, en nuestra superstición creemos que su salvación depende enteramente de que los recordemos o no… Como si Dios ya no los tuviera siempre presentes…

 

Aprendamos de Pablo que anunciaba a Jesús resucitado y el Reino de Dios, y que estaba dispuesto a ser tomado por loco, como en Atenas, cuando los atenienses reaccionaron de esta forma: “Cuando oyeron hablar de resurrección de muertos, unos lo tomaron a burla. Y otros dijeron: — ¡Ya nos hablarás de ese tema en otra ocasión!”. Pablo deja claro que la garantía de que aquello que anuncia es que Jesús vive. Es un mensaje que crea incomodidad e incomprensión. Festo recordaba al rey Agripa en el libro de los Hechos, hablando de Pablo: “todo se reducía a ciertas discrepancias concernientes a su religión y acerca de un tal Jesús, que está muerto y del que Pablo afirma que vive” (Hechos 25, 19).

 

Hoy recuerdo, especialmente el Sepulcro vacío en Jerusalén. Lugar que señala como una brújula a Cristo vivo y a nuestra patria definitiva, el cielo, donde viviremos para siempre, transformados, con nuestros seres queridos y con Dios al que veremos tal cual es :

cuando Cristo haga resurgir de la tierra a los muertos,
y transforme nuestro cuerpo frágil
en cuerpo glorioso como el suyo.
Y a todos nuestros hermanos difuntos
y a cuantos murieron en tu amistad
recíbelos en tu reino,
donde esperamos gozar todos juntos
de la plenitud eterna de tu gloria;
allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos,
porque, al contemplarte corno tú eres, Dios nuestro,
seremos para siempre semejantes a ti
y cantaremos eternamente tus alabanzas.

Plegaria Eucarística III

J.A.

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