Conmigo en
el paraíso
Ἀμήν σοι λέγω
(amen soi lego), en verdad te digo… y se produjo la primera canonización de la
Historia de la Iglesia. No fue en la plaza de san Pedro, no hubo un coro que
entonara un himno solemne, no la presidió el papa ni dejaron caer la tela que
ocultaba la imagen del santo canonizado… no había incienso, ni protocolos… ni
una fórmula solemne que sancionara el acto… no hubo postulador de la causa… no,
sucedió en un diálogo producido entre dos crucificados: un inocente, Jesús, que
estorbaba profundamente a los Jefes del pueblo y un condenado por ladrón.
Con la
expresión griega utilizada por Jesús cuando habla con autoridad propia en
nombre del Padre (en verdad te digo) se abrieron las puertas del Reino para el
ladrón que, crucificado con Jesús, expresó desde su corazón una petición «Jesús,
acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» … a tu Reino εἰς τὴν βασιλείαν σου…
y la respuesta de Jesús no se hizo esperar: «En verdad te digo: hoy estarás
conmigo en el paraíso». Y tenemos al primer santo canonizado por Jesús: un
ladrón que supo ver el Jesús al Mesías sufriente, cosa que los que rodeaban la Cruz
fueron incapaces de ver.
El texto
pone en evidencia la paradoja: la burla y la confesión de fe, el descrédito y
la acogida de Jesús. Los jefes tientan a Jesús con la burla: «A
otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el
Elegido», los soldados participan de la tentación y la burla: «Si
eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo»: las dos burlas nos recuerdan
a la tentación de Jesús en el desierto: “si eres Hijo de Dios, haz que estas
piedras se conviertan en pan”. El otro crucificado insiste en la
idea de utilizar el mesianismo en el propio beneficio, como lo hizo el tentador
en el desierto y… abandonar el plan de Dios que se consuma en la Cruz: «¿No
eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
Y en medio de tanto
descrédito el otro crucificado con él… que quedaría profundamente
impactado por la actitud de Jesús hasta la cruz y en la cruz… reconoce que es
justo y le pide entrar en su Reino… este no ha hecho nada malo.
Celebramos el Domingo
de Cristo rey. Y puede ser que a nuestra mente venga el imaginario de la realeza
al modo mundano, olvidándonos de que Cristo es Rey desde la Cruz.
El buen ladrón
no hizo ningún mérito especial, sólo reconocer la inocencia de Jesús, no estuvo
en el sermón del monte, ni hizo ninguna “catequesis” o “cursillo” especial… no,
simplemente, reconoció en Jesús al Justo que se entrega y que es injustamente
condenado. ¡Cómo irritaría esto a algunos hoy… sin prepararse… ¡
Esta salvación
de última hora… debería recordarnos la parábola de los enviados a la viña
en la que los de última hora cobraron lo mismo que los que trabajaron todo el
día, o traernos a la memoria la actitud del hijo mayor de la parábola
cuando ve que el menor es acogido por su padre, o las expresiones de desprecio
a Jesús cuando se pone en tela de juicio por comer con pecadores y
prostitutas…
Esta salvación
a la que llega el buen ladrón, si provoca en ti esperanza, cuando lees esto y humildad
porque sabes que todos merecen el amor de Dios porque todos somos iguales ante
él… aún estás a tiempo de gozar de la plenitud ofrecida por Jesús y entrarás en
el Paraíso que es su Reino ya aquí en la tierra de la mano de él, que es el
Reino en persona.
Si, por el contrario,
crees que hay que hacer muchos méritos para llegar al cielo y consideras que la
gente que no “cumple” está perdida… estás muy lejos del Reino de Dios. Algunos
son así: creen conocer lo que Dios quiere y lo que no… parecen que la Trinidad los
llama por teléfono y, acostumbrados a ser intérpretes autorizados… cierran el paso
a la novedad que trae el Espíritu.
El buen
ladrón reconoció lo que había hecho: ser un ladrón … y expresó su deseo de
estar con Jesús y, desde esa humildad del que no “se cree santo” es acogido
sin mérito alguno. Porque al Señor le importas tú, no lo que hagas y más
si especialmente lo haces por interés… Dios mira especialmente con
buenos ojos a los que no se creen más que los demás y ni mucho menos mejores
que los demás.
Mirando a la
Iglesia en este Domingo de Cristo Rey me pregunto ¿sabe que en el cielo
estaremos todos: ladrones, prostitutas, asesinos, …. Junto con los “justos”… Es
consciente que en ese Reino, que ya empieza aquí, nos llevan ventaja las
prostitutas y gente de mal vivir… Yo, sinceramente, creo que a nivel institucional…no
se entera. Seguimos en la Iglesia casta de puros: limpios por fuera y podridos
por dentro… Cuánto cuesta desprenderse de la imagen mundana de la realidad y de
los demás en la Iglesia…
El Reino ya
está aquí, entre nosotros… el Reino es una persona: Cristo que lo único que pretende
es que, reconociendo tu debilidad, pueda arrancar de tus labios un deseo: acuérdate
de mí cuando llegues a tu reino. Desde ese deseo podrá transformarte a
su manera, siendo él el protagonista, contando con tu libertad y colaboración,
pero queriéndote humilde y sencillo: anclado en la verdad: tu debilidad y tu
necesidad. Jesús nos transforma porque nos quiere y no espera a que estemos
transformados para querernos, nos quiere ya y ahora. La transformación vendrá
después pronto, en medio o in extremis, como el buen ladrón… pero
lo primero es el amor y después lo demás…
Os deseo un
feliz domingo de Cristo rey… en el que disfrutéis pensando que en el cielo
hay sitio para todos, también para ti. Un cielo que no vemos, que es Dios
mismo y que, por eso, nos rodea desde ya y se abre cada vez que nos cogemos de
la mano del Crucificado, vencedor de la muerte y del mal.
J.A.
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