Orar siempre,
sin desfallecer
En este domingo la liturgia
de la Palabra nos pone ante un tema, muchas veces olvidado en nuestras catequesis, programaciones de actividades
pastorales, proyectos de vida personales… : la oración. En definitiva. Conta con Dios siempre.
No voy a entrar en qué
es la oración… pero sí a recordar que lo que decía santa Teresa: “ “Es tratar de
amistad estando a solas muchas veces con quien sabemos nos ama”. La oración incluye la intimidad
con Dios y nos es simplemente hacer silencio o
rezar muchas oraciones con muchas palabras, porque ese trato de amistad
se puede dar en cualquier
situación: “Entre los pucheros anda Dios”.
Pero sí entro en el
contenido de este Evangelio de este Domingo. Jesús nos invita a orar sin desfallecer… y termina el texto con esta
expresión de Jesús: “cuando venga el
Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra”». La fe es el soporte de la oración. Nos está hablando de la oración
que deposita nuestra confianza en Dios en medio de las
dificultades.
Jesús recurre a un ejemplo
desproporcionado: el del Juez injusto. Si
Un Juez injusto es capaz de “ceder” y
acabar escuchando a una pobre viuda, cuánto más Dios escuchará nuestra plegaria. Que la oración alcance lo que deseamos
no depende de nosotros (Cuando recéis, no uséis muchas palabras,
como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán
caso” Mt 6, 7). Por eso la imagen de Moisés sosteniendo los brazos para
lograr que el ejército avance… queda superada en Jesús. Estamos tan
acostumbrados con nuestras oraciones litúrgicas (Oh Dios… te pedimos… ) a
pensar que podemos alcanzar lo que Dios quiere que no acabamos de superar la
oración que se basa en la superstición y no damos el salto a la imagen de un
Dios que nos cuida, al que le gusta que lo tengamos en cuenta, pero dejando que
él tome la iniciativa y no nosotros.
Sí, la imagen de Moisés
elevando los brazos para que el ejército venciera apoyados en las dos piedras…
ha quedado superada por la imagen de Cristo con los brazos alzados en la cruz
sujetados por los clavos para lograr, no la victoria de unos sobre otros, sino
la reconciliación del género humano. Un camino, el de la Cruz, insospechado
para los hombres, pero elegido por Dios. Dios se autolimita en ese momento,
enseñándonos que su abajamiento ha abierto un camino nuevo para los hombres.
Dios siempre escucha
nuestras oraciones de petición, pero no siempre las cumple conforme esperamos. Recordemos que el mismo Jesús oró con
insistencia al Padre para que, si fuera posible, apartara de él ese cáliz…
y la pasión acabó llevándose a cabo…
con el aparente fracaso que, finalmente, quedará resuelto en el triunfo de la Resurrección.
El evangelio de hoy nos
invita a exponer a Dios nuestros problemas y nos recuerda que siempre somos escuchados. Pero no nos garantiza que
Dios cumpla nuestros deseos tal cual
lo queremos. Dios puede no querer cumplirlos por razones que sólo él baraja: él sabe mejor que nadie lo que nos conviene
y maneja mejor que nadie la
información de nuestra vida y de las personas que nos rodean. Dios tiene caminos que podemos desconocer. La
forma de resolver Dios los problemas a menudo no coincide con la nuestra… Por
eso, mantener los deseos y formularlos es buenos… pero hay que estar abiertos a
la sorpresa y a la novedad. Las agendas pastorales tienen su razón de ser, pero
han de estar abiertas a la sorpresa y novedad del Espíritu.
¿Qué hemos de pedir?…
pues si recordamos Lucas… el gran don
que emana de la oración de petición es aquel que nos puede guiar por donde Dios
quiere y realmente desea: El Espíritu
santo: auténtico guía, defensor e inspirador. Si estamos a la escucha del espíritu, suceda lo que suceda,
siempre será él quien lo ilumine y nos guíe y nos sugerirá qué hemos de pedir: “Si, pues,
vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre
del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!”» (Lc 11,9-10.13)”
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