Este extranjero

 

            En este Domingo la liturgia de la Palabra nos propone la “gratitud” como correspondencia al Amor.

 

          Jesús cura a diez leprosos que se acercan a él, pidiéndole que tenga compasión de ellos. Antes de que experimenten la curación y sanación en sus cuerpos, son enviados a presentarse a los sacerdotes (algo preceptivo en caso de curación). Jesús responde a la petición formulada por los leprosos curándolos. En el camino quedan curados.

 

          Sin embargo, lo significativo del relato viene a continuación. Los leprosos que han acudido a los sacerdotes y han sido sanados, una vez cumplida la ley, no vuelven a Jesús. Tan sólo uno de ellos va más allá de la ley cumplida y vuelve a Jesús a dar las gracias. Han cumplido la ley y han olvidado algo tan básico como es la gratitud. Se han sentido satisfechos con el cumplimiento de la ley y han olvidado algo tan humano, como divino: ser agradecidos.

 

          A los nueve leprosos que no han vuelto a dar las gracias les ha llegado la curación, pero no el Reino, porque no acuden al que es el responsable de esa acción sanadora. Su camino se ha quedado incompleto y se han sentido perfectamente satisfechos.

 

          El samaritano que acude a Jesús, un hombre mal visto por los judíos… es el que completa el camino y retornando vuelve al que es origen de la salvación: Jesús. Al Samaritano no sólo ha llegado el Reino, sino que alaba, da grandes gritos y se postra ante el que es el Reino en persona: Cristo.

 

          De nuevo la paradoja que descoloca a tantos y tantos y que rasga tantas vestiduras dentro de la Iglesia: los marginados, los de segunda división, los pobres son evangelizados y eso es señal de que el Reino ha llegado a todos nosotros.

 

          En los nueve leprosos hay ingratitud y autosuficiencia, en el samaritano hay gratitud y reconocimiento de la grandeza del que le ha devuelto la salud.

 

          Creo yo (y lo digo por algo que a un conocido mío le ha sucedido hace poco) que deberíamos plantearnos seriamente si nuestros esquemas, rigideces, legalismos… ante las respuestas de amor de los que consideramos inferiores… no deberían ser relativizados.

 

          ¿Realmente queremos hacer el camino de vuelta hacia el origen de todo bien y, agradecidamente, entregarnos a él… o se nos olvidará en breve tanto bien recibido y, de forma cómoda nos quedaremos en lo establecido, olvidándonos de que el bien y las personas buenas pueden estar donde menos esperamos? ¿Acogeremos a los leprosos que acudan a nuestras asambleas de verdad , siguiendo el gesto del Señor o les negaremos la entrada? Jesús lamentó que no volvieran los otros nueve...

 

          Feliz y agradecido Domingo.

 

            J.A.

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