Atraviesa
las nubes
Las
lecturas de este domingo se centran en la Humildad. La oración del humilde atraviesa las nubes, y no se detiene hasta que
alcanza su destino. Orar, presentarse ante Dios tal y como somos, “con humildad”.
Santa Teresa nos decía que en la humildad está la verdad.
Recuerdo en los Ejercicios de san Ignacio cómo
en la contemplación del rey temporal se nos propone la “humildad” como la
llave a las demás virtudes. Ser humilde implica sentirnos necesitados de
Dios y saber que no somos ni más ni menos que los demás. La humildad nos sitúa
delante de Dios tal y como somos: pobres y necesitados. La humildad nos empuja
a nuestros hermanos porque nos abre los ojos al verlos como nosotros,
considerando siempre que sus posibles meteduras de pata a nuestros ojos, no los
hacen menos dignos de Dios que nosotros, ni menos necesitados de nuestro
cuidado y aceptación. El humilde se apoya en Dios, sabe que lo necesita. El
humilde deja a Dios ser Dios, reconociendo la propia limitación , entonces,
recibe de Dios la acogida.
San Ignacio contrapone a la humildad la vanidad,
la necesitad de no despegarnos de las cosas, personas y medios por no estar apoyados
sólo en Dios. La vanidad cuando no tiene freno puede llevarnos a creernos más
que los demás, cayendo en la soberbia que ya implica el desprecio de los demás
y, de ahí, dice san Ignacio, nos lleva a los demás vicios. La soberbia nos
sitúa ante Dios no reconociendo nuestra limitación. Nos hace ser caprichosos
con Dios y exigirle entrar por nuestros caminos. La soberbia nos hace creer que
merecemos el amor de Dios porque hemos cumplido la ley. Nos incapacita para
recibir de Dios la acogida y nos convierte frente a nuestros hermanos en personas
que desprecian a los demás por considerarlos inferiores. El soberbio cree
que tiene a Dios de su parte y que lo ha comprado con su forma de actuar. El
soberbio realmente no necesita a Dios, se vale por sí mismo. A Dios lo utiliza.
La actitud alabada por Jesús en el evangelio es
la del publicano. En la sociedad (como puede pasar en nuestra Iglesia) se puede
perder de vista que la lógica de Dios no es la nuestra, ni los ojos con los que
mira los nuestros. Dios mira el corazón y no sólo los actos… el fariseo
lo ha cumplido todo, pero su corazón es soberbio… el publicano no lo ha cumplido
todo, pero Dios lo ha justificado por su actitud interior. Dios mira el
corazón y la intención que de él nace. A Dios no se le puede engañar ni
comprar. Su acogida y su amor es gratuito.
Después de esta actitud de Jesús… nos quedan dos
caminos: o mirarnos débiles y necesitados y pedir que nos acoja como somos, acogiendo
a todos de la misma manera… o seguir cegados por el cumplimiento de las normas
y leyes, que se convierte en la moneda con la que creemos comprar a Dios y a
los demás.
Hacer posible una Iglesia acogedora, que va a
las periferias y que es hospital de campaña… sólo es posible desde una actitud
que mira el corazón de las personas y que no sustituye a Dios por la Ley o
nuestras imágenes narcisistas e idealizadas de nosotros mismos.
Por último, humildad no es lo mismo que
humillación. Puede suceder alguna vez que Dios nos pida, como pidió a su Hijo,
que nos humillemos para que su voluntad pueda seguir adelante. Desde
nuestra lógica podrá parecer en ese momento, que esa batalla la podemos perder
a nivel humano, pero recordemos que una cosa es perder una batalla y otra la
guerra. La guerra ya la ha ganado Dios definitivamente para todos nosotros en
Cristo.
J.A.
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