No puede ser discípulo mío
El Evangelio de este domingo XXIII de
tiempo ordinario nos pone ante un tema fundamental: el del discipulado y las
condiciones que conlleva.
Vivimos en una cultura de lo ligth,
desnatada y descafeinada… donde todo lo que comporta esfuerzo o un cierto trabajo
se desprecia de entrada. No tenemos más que asomarnos a la enseñanza estos días
de inicio de curso para descubrir cómo se huye del esfuerzo y, con facilidad,
los alumnos se mueven a lo light, a lo más fácil. Percibimos una cultura del
acapararlo todo y la renuncia se vive como algo que nos limita la libertad y
nos empequeñece, al cerrar el horizonte. Estamos inmersos en la cultura de la
imagen y la fama. Las redes sociales se abastecen de esa necesidad de narcisismo
y lo venden como lo más natural del mundo.
En un entorno así, plantear las
condiciones que Jesús plantea para seguirlo parecen disuadir a la gente se ponerse
tras él y seguirlo. Pero Jesús quiere dejar claras unas condiciones que debe
pensar bien el que quiera seguirlo:
Si alguno viene a mí y no pospone a
su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus
hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Primera condición: en un discípulo
de Jesús se tiene que producir el desapego del corazón a todo lo más querido
por cada uno de nosotros: familia e incluso uno mismo. Ese desapego
interior que afecta a todo, e incluso a lo que más se quiere, es condición para
poder seguir de verdad a Jesús. Aquí el Señor no se anda con medias tintas. Es
claro. En el desapego, desasimiento y renuncia interior está la clave de su
seguimiento. Una persona desprendida interiormente es libre de todo y está preparada
para que pase lo que pase… no pierda la felicidad. Su vida no depende de
lo que le pase o lo que pierda o gane, depende sólo de Dios. Esta
invitación a la pobreza evangélica es una invitación profunda a la
libertad. Hay que seguir a Jesús totalmente libre de cualquier apego. Es la
renuncia a la codicia, al acaparamiento, al egoísmo.
Quien no carga con su cruz y viene en
pos de mí, no puede ser discípulo mío. Segunda condición: aceptar la Cruz y renunciar a
la vanagloria y a las facilidades de entrada. Llevar la cruz es difícil a
veces y puede provocar la carcajada ajena. Llevar la cruz, no arrastrarla. No
es lo mismo llevar la cruz, abrazándola y aceptándola que arrastrarla a
regañadientes… abrazar las dificultades.
Así pues, todo aquel de entre
vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío. Tercera condición que vuelve sobre
las dos anteriores: la renuncia. Esta última condición viene precedida
de una alusión a aquel que construye una torre y ha de calcular bien para
terminarla y al que sale al encuentro del enemigo para saber si podrá o no
hacerle frente. Jesús nos pide que nos lo pensemos bien. Jesús nos pide
autenticidad. Nos invita a no vivir en los grises… o estamos por el blanco o el
negro, no caben términos medios.
Una vez oídas las propuestas del
Maestro… podemos descomponernos o ilusionarnos. Todo lo anterior lo vivió
Jesús: fue desprendido, cargó con la cruz y renunció a todo por nosotros y lo
hizo por Amor. El Amor y el cariño que nos tiene y la obediencia al Padre lo
movió hasta la entrega de la propia Cruz. Él ha hecho el camino y sabe que
este camino nos cuesta porque somos débiles. Es más no pretende que seamos
desprendidos por perfección personal porque caeríamos en la trampa del orgullo
y soberbia: de creer que ese desprendimiento lo hemos logrado por méritos
propios.
El Señor nos invita a desear seguirlo, a desear desprendernos, a
desear no contar lo que quisiéramos, a renunciar a todo … y se compromete a
alcanzar para nosotros esa gracia, ese regalo. La intimidad y la gracia de
Cristo actuando en nosotros nos ayudará a hacerlo. Es un don.
Y por qué tanta renuncia,
desprendimiento… ¿Acaso Dios quiere amargarnos o complicarnos la vida? No. Jesús
sabe que sólo siendo desprendidos se puede vivir a pleno pulmón, disfrutando de
todo, sólo aceptando no depender de la fama se puede ser libre de verdad…
es la clave de la felicidad en este mundo que invita a acaparar y a mantener a
toda costa esa imagen.
Esta
propuesta no debió de fracasar porque generaciones y generaciones de cristianos
la han seguido, los santos la han vivido plenamente y, ahora, se nos propone a
nosotros.
Piensa que cuando
sueltas cosas el Señor abre tu mano y la deja preparada para acoger otras. Cae
en la cuenta de que cuando no dependes de la fama el Señor cuida de tu fama
haciéndote un hombre o una mujer libre capaz de reírse hasta de lo que puedan
decir de ti.
En ese desprendimiento las personas
se acercarán a ti sintiendo que no son utilizadas, ni manipuladas, ni sometidas
a tu ego porque te ven libre.
Así es el que hoy nos propone esas
condiciones: libre, no nos manipula, no nos somete, nos deja libres… Así es
Dios. ¿No vas a abrazar a quien te quiere de la forma más libre y limpia
posible?
Feliz domingo
en que, soltando, subas más alto.
J.A.
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