Dará el Espíritu Santo
A Jesús, terminando su oración en soledad, le pide uno de los discípulos que les enseñe a orar como Juan hizo con sus discípulos. A esta petición Jesús responde con la oración que más se ha rezado en la Iglesia a lo largo de los siglos, tanto de forma privada como comunitaria: el padrenuestro.
El Padrenuestro, en esta versión recogida por Lucas, es una síntesis de cómo ha de ser nuestra oración de petición. Una oración que, como después nos recuerda el texto del evangelio de hoy, Dios siempre la escucha porque es nuestro Padre, un Padre bueno. Jesús nos invita a orar con insistencia sabiendo que Dios escucha y que da lo que realmente necesitamos y eso es siempre bueno para nosotros. Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?
El gran don que puede venir del Padre es precisamente el Espíritu Santo: el nos guía, nos defiende e inspira en nuestro camino interior y en la vida. El Espíritu actúa con nosotros como con Jesús hombre iluminándonos, acompañándonos y sirviéndose de nosotros como instrumentos para hacer llegar el Reino al mundo. Es el propio Espíritu el que habla dentro de nosotros y nos mueve a decir esta oración:
Padre nuestro: la primera palabra es “Padre”. Jesús llamaba a Dios abba (papaíto) y ese padre es nuestro. Hay un plural intencionado que nos recuerda que en la oración nunca estamos solos. La primera invocación, este primer vocativo, nos recuerda la filiación y la fraternidad universal.
Que estás en los cielos: Dios siempre está más allá. Es suma trascendencia, aunque se ha hecho profundamente cercano a nosotros, más que nosotros mismos. No se deja atrapar y donde él está el cielo. Estar con él, contar con él, vivir con él es gustar ya aquí, en este mundo, el cielo.
Santificado sea tu nombre: primera petición que recuerda el shema hebreo. Lo primero es que Dios sea querido, santificado, amado… Dios por encima de todas las cosas siempre y por delante de todo. Todo con él y nada sin él… Dios que se muestra excluyente al pedirnos que sólo él ha de ser el centro de nuestras vidas, pero que al abrazarlo a él en exclusiva todo lo que necesitamos nos viene, siempre.
Venga a nosotros tu Reino: el Reino como el núcleo de la predicación de Jesús: la transformación que se produce en nuestro interior cuando acogemos el Reino nos asemeja a Jesús y acaba transformando, por contagio, a todos los que nos rodean, estemos donde estemos. El Reino es lo primero que se ha de pedir. Pedir que Dios reine en nosotros es pedirlo ya todo.
Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo: Lo más importante es que se haga la voluntad de Dios, lo que él disponga. La felicidad viene de hacer su voluntad, la infelicidad, de apartarse de esto: Dios nos insinúa a través del Espíritu lo que desea de nosotros y nosotros, sirviéndonos del discernimiento, lo ratificamos. Es una invitación a vivir de la mano de Dios en todo momento y ante toda situación.
Danos hoy nuestro pan de cada día: vivir al día y no angustiarnos por el futuro. Ya Jesús nos lo recordó en el sermón del monte (mirad los lirios del campo…). Una invitación a que a cada día le baste su afán, a vivir confiados como niños en brazos de su madre… una invitación a abandonarnos plenamente y no buscar falsas seguridades.
Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe: En el perdón, especialmente a los enemigos había puesto Jesús la perfección en el Sermón del Monte: amad a los que nos aman… no tiene mérito y amad a los que nos odian y persiguen nos hace parecernos a Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos… Mirar y tratar a todos como Dios los mira y trata es un don que sólo nos puede dar él por la transformación de nuestro corazón. Es algo lo suficientemente fuerte como para necesitar ser ayudados por él. Ver con los ojos que Dios mira a todos, incluidos los enemigos, sólo lo puede hacer él, apoyándose en nuestro deseo de que así sea.
No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal: saber que en cualquier momento podemos ser tentados y caer es sabio, ponernos en manos del que puede ayudarnos a no caer es fe y confianza en el que es más fuerte que nosotros y nuestras debilidades y nos quiere. Sabernos poca cosa y saber de nuestra fragilidad nos ayudará a confiar en el único salvavidas que puede sacarnos a flote en los naufragios personales y comunitarios: el Señor.
Todo esto apoyados en ese gran regalo que Dios da a sus hijos: el Espíritu Santo.
Feliz Domingo y descanso.
J.A.
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