Sopló sobre ellos

            A los cincuenta días de la Celebración del núcleo de nuestra fe (la Resurrección de nuestro Señor) hoy celebramos el don de la Pascua: el día de Pentecostés.

            El don, el regalo, de la Pascua: el mismo Espíritu Santo que se nos ha sido ya dado plenamente por la muerte y la Resurrección de Jesús y que se ha derramado sobre ese humilde y temeroso grupo de los apóstoles que “reunidos todos juntos” junto con María, reciben el gran regalo del Padre: El Espíritu Santo.

            Este regalo hace nacer la Iglesia porque,  así como el Espíritu fecundó en la Encarnación las entrañas virginales de María, así el día de Pentecostés y hoy, fecunda las entrañas virginales de la Iglesia, nuevo Cuerpo místico de Cristo.

            Fecundada la Iglesia, que es santa y pecadora, de ella nacen los cristianos, renacidos por el Bautismo a una vida nueva y ungidos por el Espíritu para ser nuevos Cristos en medio del mundo. La fecundidad de la Iglesia la transforma en Madre. El Espíritu transforma a la Iglesia en Madre.

            Así como el Padre envió el Espíritu el día del Bautismo en el Jordán sobre su Hijo hecho hombre, así como ese mismo Espíritu lo empujó al desierto, así como ese Espíritu lo animó a anunciar el evangelio a todos los hombres y mujeres, especialmente los más pobres, así como ese Espíritu lo empujó a entregarse a la muerte por nosotros y así como ese Espíritu lo levantó del sepulcro… de ese modo recibimos nosotros ahora ese mismo Espíritu para transformarnos en imagen de Cristo, en nuevos Cristos en medio del mundo, para poder vivir  nuestra existencia, única e intransferible, como una actualización siempre nueva de la realidad de la Encarnación. El Espíritu Santo nos empuja a hacerlo presente en medio del mundo cada uno de una forma nueva y distinta a los demás, pero todas las formas mirando a esa “actualización de la Encarnación”.

            Ese Espíritu es Paráclito: es inspirador, consolador y abogado defensor. Inspira nuestras vidas y actos, nos guía de continuo… nos consuela y llena de gozo cuando hacemos su voluntad y nos defiende en todo momento cuando hacemos la voluntad del Padre.

            “El Espíritu vive ya realmente en nosotros” la cuestión está en estar a la escucha y ser dóciles a sus mociones e inspiraciones… y no ponerlo triste: “no pongáis triste al Espíritu que vive en vosotros”. Ese espíritu es un Espíritu de Hijos que nos empuja a llamar a Dios Padre. Construye un cuerpo nuevo donde todos los dones y carismas están dados para el bien común, edifica la Iglesia… por eso hay multitud de carismas, pero un solo Señor. El Espíritu ama la diversidad porque él mismo la crea, pero esa diversidad la integra en perfecta unidad. El Espíritu es el GRAN DIRECTOR DE ORQUESTA que hace posible esta Iglesia en medio del mundo, llamada a caminar en sínodalidad.

            El Espíritu se nos da dado personalmente y como Iglesia para la edificación del Reino de Dios. Por eso ha sido derramado en toda la creación. La Iglesia no es la única responsable en la edificación del Reino: no nos pertenece esa tarea que nos desborda. Todos los hombres y mujeres de buena voluntad se mueven por el Espíritu sean creyentes o no, sean cristianos o no… la Iglesia del Espíritu es inmensa y desborda las propias fronteras de la Iglesia y está abierta a la instauración del Reino de Dios: que Dios reine en todos. Este Espíritu derramado en toda criatura lleva a la creación entera a la Pascua definitiva y eterna.

            Que la Esposa del Espíritu: María nos enseñe a vivir conforme al Espíritu. Ella fue dócil al Espíritu y, gracias a su docilidad, hoy podemos celebrar Pentecostés. Porque en esta cadena de fiat a la voluntad de Dios, ninguno de nuestras respuestas debe ser despreciada… todos somos importantes en la edificación de esta Humanidad nueva, especialmente los más sencillos y humildes.

            Y sobre esta Humanidad nueva respira y revolotea ya el Espíritu. El que es del Espíritu es libre y está abierto a la imprevisibilidad de sus mociones. Así lo advirtió a Nicodemo. Seamos dóciles a este mismo Espíritu que ya vive y actúa en nosotros.

            Feliz Pentecostés.

            J.A.

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