No podéis cargar con ellas por ahora
Llegamos a la primera de las solemnidades del Tiempo
Ordinario a la que se sumará, en breve, el Corpus y el Corazón de Jesús. En
ella celebramos a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Una fiesta en la que
además celebramos el día de la vida contemplativa, la jornada pro orantibus.
Hay realidades que merecen ser contempladas
antes que explicadas y vividas antes que comprendidas: el amor, la entrega… y
un largo et cetera de vivencias que son precisamente las más importantes de
nuestra vida.
Básicamente la solemnidad nos recuerda a un
Dios Padre que entrega a su Hijo, hecho hombre como nosotros, y envía a este
Hijo el Espíritu, el mismo que nos acompaña y nos hace ser hijos en el Hijo por
el Bautismo y la intimidad con él. Pero, dejando a un lado estas cuestiones que
la Teología intenta explicar de una forma u otra… quizás debamos aprovechar que
hoy se celebra precisamente el día de la vida contemplativa para entender que
la mejor manera de acercarnos a este Misterio de nuestra fe es : la
contemplación de Dios, la vida de oración e intimidad con él, el descubrimiento
de que Dios es la roca firme sobre la que edificar nuestra vida y la única
persona capaz de hacernos alcanzar la felicidad completa en esta vida, como
anticipo de la eternidad.
A ese descubrimiento, estamos llamados todos
los bautizados, pero es cierto que, de una forma especial lo viven los
consagrados y consagradas en la vida contemplativa. Los monjes y monjas de
clausura, viviendo los consejos evangélicos con plenitud (pobreza, castidad y
obediencia) son un signo en medio del mundo de la plenitud del Reino y un
anticipo del Cielo, al que todos estamos llamados.
Quiero recordar hoy a dos mujeres con las que tuve
un trato breve, pero profundo. Una de ella es una madre de familia que me
transmitió siempre mucha alegría. Falleció esta semana. Lo que realmente me
llegaba era que su alegría no era superficial, detrás de ese optimismo y esa
sonrisa estaba el Señor. Su alegría era auténtica y la sostenía su fe. María ya
gozade Dios uno y Trino.
La otra mujer es una religiosa de clausura. Una
monja jerónima, Sor Pilar, que el domingo de Pentecostés, tras la cincuentena
pascual, se sintió mal y en un par de días falleció. Tenía 82 años. Era la
sacristana de la Comunidad del Monasterio de San Jerónimo en Granada. En el tiempo
que la traté (tiempo en el que tuve el Monasterio como mi referente parroquial)
me llegó de ella su enorme agudeza a la hora de percibir los problemas, su generosidad
a la hora de destacar las cualidades de los demás y su caridad y gran bondad a
la hora de constatar los defectos ajenos, así como la práctica de una
corrección fraterna ejemplar. Una mujer sencilla, humilde y buena que ya
celebra la fiesta en esa liturgia eterna del Cielo. Doy muchas gracias a Dios
por haberla conocido y por haber estado en su entierro.
Estas dos mujeres, cada una en su vocación, han
vivido la realidad de vivir más que entender lo fundamental de nuestra fe.
Contemplar y vivir en el día a día, sin querer saberlo todo (porque Dios no se
deja atrapar nunca) y sin imponer a Dios la propia voluntad (aceptando lo que Dios
quiera y dejando a Dios ser Dios).
Contemplación e intimidad os deseo porque somos
Templos de Dios Padre, Hijo y Espíritu. Él habita en nosotros, somos su templo.
Un templo cuyas piedras están vivas y a través del cual llega a todos los
hombres y mujeres.
No querer entender más allá de lo razonable en
determinados temas evidencia que nos fiamos, de verdad, de aquel que se nos ha
revelado como el Amor pleno y la única fuente capaz de llenar a su criatura: el
hombre. Sólo en Dios podemos encontrar descanso (San Agustín) y sólo Dios basta
(Teresa de Jesús).
Feliz día de la Trinidad.
J.A.
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