No os toca conocer a vosotros
Celebramos el día de la Ascensión. Recuerdo en algún momento
de mi formación en Teología en que se nos enseñaba que la Muerte, la
Resurrección, la Ascensión y Pentecostés era un único acontecimiento desplegado
de esta forma en distintos momentos para que pudiéramos entenderlo mejor.
Después de leer los textos originales (especialmente el
evangelio de Lucas y Juan) y de haber encajado mejor esta información… me
alegro muchísimo el impacto que provocó en mí entender que de un solo y único
acontecimiento, nada: era necesario que Jesús, como nos dice el texto de la
primera lectura, diera claras evidencias de que estaba vivo y que les siguiera hablando
del Reino de Dios y, sólo después, enviara al Espíritu.
Los apóstoles fueron testigos únicos de este acontecimiento:
la Resurrección de Cristo. Era muy complicado y difícil que los que habían
convivido con el Jesús histórico (con todo lo que conlleva la humanidad, incluidos
las posibles limitaciones) y que lo habían visto morir en la Cruz, ahora lo
contemplaran transformado y lleno de gloria: vivo y dándoles claras pruebas de su
resurrección y explicándoles todo lo que a él se refería en la Escritura.
Necesitaban de ese presencia única y misteriosa.
Es necesario para poder entrelazar la Cruz con la
Resurrección que el mismo Cristo salga a nuestro encuentro. Nosotros solos no
podemos. Es preciso que él nos explique que ese es el Mesianismo que ha querido
el Padre y que, de ahora en adelante, lo que interesa es seguir la Voluntad del
Padre. Se trata de hacer lo mismo que María: no estar preocupados por conocer
el plan completo sobre nosotros y la historia del Padre, sino lo que Dios en
este preciso momento quiere de nosotros: lo que Dios quiere aquí y ahora. Se
nos pide hacer la voluntad, no entenderlo perfectamente todo.
Jesús se despide de sus
apóstoles prometiéndoles la misma fuerza que lo ha movido a él a hacer la
voluntad del Padre. La fuerza que lo ha guiado, consolado, inspirado,
defendido, entregado, convertido en Profeta para los más pobres: El Espíritu
Santo.
Para ello han de aguardar. Sí… hay que, una vez desvelada la
realidad de Jesús, esperar a que él nos envíe su Espíritu. No se puede comprar,
adelantar, manipular… porque es don. Hay que esperar el momento… Un día escuchamos
en la Confirmación: recibe por esta señal el don del Espíritu Santo.
Este don del que emanan todos los dones está en oferta para
todos, especialmente ahora que queremos caminar juntos en el Sínodo: un don que
unifica en la diversidad, que no anula la pluralidad de dones y carismas sino
que los pone al servicio del Cuerpo de Cristo que es su Iglesia.
Esperemos con María la llegada del Paráclito (nuestro
abogado, consejero y defensor) que nos fecunde, como, como fecundó a Ella, personal
y comunitariamente.
Hoy Jesús asciende con la Humanidad plenificada para que
podamos ser divinizados a su imagen, la imagen del Hombre perfecto: Cristo
Jesús.
J.A.
Solemnidad de la Ascensión del
Señor.
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