Voy a celebrar la Pascua
Hoy es Miércoles Santo. Los evangelios de estos tres días
anteriores al Jueves Santo nos están recordando los preparativos de la última
cena. El Evangelio de hoy entronca de una manera directa con el de ayer. El
Martes Santo el evangelio según san Juan nos recordaba el momento en que Jesús
anuncia la traición de Judas y las traiciones de Pedro. Hoy, el evangelio según
san Mateo nos recuerda el momento del anuncio de la traición, pero también el
acuerdo al que Judas ha llegado con las autoridades religiosas para entregar al
Maestro: treinta monedas de plata.
Desde ese momento, nos recuerda el
evangelista, Judas andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
Si comparamos los evangelios de estos
dos últimos días con el del Lunes santo las escenas son muy diferentes. El
lunes, María, hermana de Lázaro y Marta, en la cena de agradecimiento a Jesús,
ungió al Maestro cosa que Jesús no reprendió (todo lo contrario), pero sí que
reprendió a Judas en el intento de hacer ver el gesto de agradecimiento de esta
mujer era “inútil”, porque ese dinero
podría haberse entregado a los pobres. La buena intencionalidad de Judas
escondía ya el amor al dinero. Hoy como ayer el evangelio insiste en el
traidor.
Jesús en este evangelio está
preocupado por preparar una cena, la cena de Pascua, que sabe que será la
última que celebre con sus discípulos. En esta cena sabemos bien todo lo que
sucederá: encontrará a los discípulos discutiendo por saber cuál es el más
grande, dará ejemplo de servicio lavándoles los pies, instituirá la Eucaristía
(que anticipa su entrega en la Cruz), tendrá un largo discurso de despedida con
sus apóstoles… Ellos, que somos nosotros hoy, asistimos, de nuevo, a esta
Cena en la que el Maestro nos convierte en anfitriones. No es una cena como
la de Betania, en la que el Maestro se dejó agasajar, no… en esta cena somos
nosotros los agasajados, los amados, los servidos… por el propio Maestro.
Curiosamente la cena preparada al Maestro es una Cena en favor nuestro.
Y es que Judas ha perdido de vista
que el Maestro lo sabe. En esta lucha del Bien contra el Mal, Jesús se entrega.
Su “hora” es una hora de “entrega”. Dios Padre nos lo ha entregado, Él se
entrega, Judas lo entrega, todos lo abandonan y, al abandonarlo, lo entregan.
Esta entrega que hace Jesús la hace
(como anoche me recordaba un buen amigo mío charlando de “mis defectos”) la
hace a una panda de “sinvergüenzas” (mi amigo es tan andaluz como yo, pero no
se queda corto). Jesús se da a quienes saben que lo venden, lo traicionan, lo
niegan y abandonan. El amor de Jesús por sus apóstoles y por todos nosotros
es absolutamente gratuito y sin ningún tipo de intereses.
Él los eligió a ellos tal y como
eran. Él nos elige a nosotros tal y como somos y nos prepara la cena de Pascua
en la que volverá a entregarse por nosotros. Él apuesta por servirse de instrumentos pobres y
humildes, pero también profundamente imperfectos. Pero es él el que lo hace y
no nosotros. Nosotros lo habríamos hecho de otra forma, seguro.
Las parroquias perfectas no existen,
los grupos perfectos no existen, los curas perfectos no existen, los
evangelizadores perfectos no existen. Nadie puede presumir de que esto sigue
adelante por mérito propio, nadie. A su mesa nos sentamos pobres siervos
inútiles. Pero en esa mesa, de rodillas, quiere lavarnos los pies, entregarnos
su persona por amor.
Después de una larga Cuaresma que
terminamos hoy no estaría de más recordar esto: todo lo que hayamos podido
mejorar colaborando él será bueno, seguro. Todo lo que hayamos creído haber
mejorado por mérito personal y sin contar con él: será valdío. Al final de esta
Cuaresma, probablemente, quedemos (como siempre) ante Dios tan desnudos e
inútiles como cuando la empezamos, pero no tenemos nada que temer. Él ha
perdido la cabeza de amor por nosotros y va a tratarnos como si fuéramos únicos
e irrepetibles en el mundo, aún a sabiendas de cómo las gastamos.
Dejémonos querer al finalizar esa
Cuaresma y entrar en el Triduo Pascual. Recordemos que el Maestro, una vez
superada la hora del poder de las tinieblas, cuando se levante glorioso del
sepulcro nos emplazará a Galilea, donde podremos comenzar de nuevo al ser
acogidos por las manos heridas y al ser puestos a salvo de nuestras
equivocaciones y errores en su costado traspasado. Miremos claramente quién
nos ha amado y enviado.
Entremos en el tránsito de Cristo al
Padre.
Feliz Miércoles Santo.
J.A.
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