Nos
manda apedrear a esas
Hemos llegado ya al Domingo anterior al Domingo de Ramos que
abrirá la Semana Santa. A la Semana que vamos a comenzar tradicionalmente se le
ha llamado “Semana de Pasión”.
He leído algunos comentarios sobre el Evangelio de este Domingo
que ponen el énfasis en el tema del pecado y el perdón, intentando, de una
forma u otra, evitar presentar la imagen de un Jesús comprensivo y misericordioso
que antepone el amor a la condena. Quizás estos comentarios caen en el mismo
problema que tuvieron las primeras comunidades a las que les fue difícil
aceptar este episodio de Juan ya que la facilidad con que Jesús perdonó un
adulterio resultaba difícil de conciliar con la dura disciplina penitencial de
la Iglesia primitiva.
Dejando a un lado la controversia exegética sobre la
autenticidad o no del relato (algo ya superado) y si pertenece a Juan o a la tradición
sinóptica (proponen a Lucas), si consideramos el comienzo del relato, podemos
entroncarlo directamente con las causas de la muerte de Jesús: la nueva
interpretación de la ley de Moisés y la imagen de un Dios Padre y
misericordioso.
El relato comienza cuando los escribas y los fariseos le
traen una mujer sorprendida en adulterio y piden que Jesús se erija como juez
en esta cuestión: La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué
dices? La intención es claramente perversa: quieren comprometer a Jesús,
comprobando hasta qué punto cumple la Ley de Moisés o no. El original es más
fuerte que esta traducción de hoy: τὰς τοιαύτας λιθάζειν. Literalmente:
apedrear a “esas”, con un claro valor despectivo.
La
han dejado en medio, como en un juicio, y Jesús guarda silencio, escribiendo
en el suelo. Ellos insisten y Jesús responde, poniendo una condición al
juicio: «El
que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». Y vuelve a escribir dando tiempo
para que reaccionen los que la condenan, empezando por los más ancianos. Al
final quedan solos: Jesús y la mujer.
Jesús ahora
se dirige a la condenada, pero devolviéndole su dignidad, llamándola “mujer”:
«Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella
contestó: «Ninguno, Señor».
La mujer al sentirse acogida por Jesús
y percibir que sus palabras y gestos han provocado la reacción que la salva,
acaba llamando a Jesús no ya “maestro” como lo llamaron al principio del relato
los escribas y fariseos, sino: “Señor”. Reconoce la autoridad de Jesús
que le dice: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».
Jesús, que era en todo caso quien
podría haberla condenado… no la condena y le dice que no peque más.
San Agustín reflejaba en una
expresión esta actitud de Jesús que, condenando el pecado, acoge al pecador: “Cum
dilectione hominum et odio vitiorum” odia el delito y compadece al
delincuente. Es la actitud de acogida de la persona siempre, aunque se condene
lo que claramente esté mal.
Dar el salto de salvar a las personas
por encima de las actitudes, es a veces, muy difícil, pero… es la actitud del
Señor, que ha venido a no perder nada de lo que el Padre le entregó. Dar este
salto pasa por guardar silencio, escribir en el suelo (haciéndonos los tontos),
no entrar al trapo de las acusaciones… dejar que los demás puedan expresarse y
dar la opción a que la persona pueda cambiar ante la acogida y el perdón,
evitando la condena rápida y la intransigencia.
Toda una actitud que necesita de la
transformación del corazón por parte de Dios y que, si la adoptamos, muy
probablemente, seamos considerados a los ojos de los inflexibles como gente “que
no se entera” de lo que realmente pasa… Una actitud que, adoptada por Jesús,
lo llevó a la condena de sus propios dirigentes religiosos y acabó llevándolo a
la muerte en Cruz.
Que las piedras caigan de nuestras
manos, para que, abiertas, podamos acoger a los demás sean como sean e, incluso,
hagan lo que hagan.
Feliz Domingo
J.A.
Comentarios
Publicar un comentario