Mis
ovejas
En este tercer domingo de Pascua encontramos en
la liturgia de la Palabra unas lecturas de un calado y una profundidad
inigualable. La Palabra de Dios siempre es rica e inagotable… pero, tengo que
reconocer la gran debilidad que siento por el anuncio del núcleo de nuestra fe,
realizado por Pedro en la lectura de los Hechos de los Apóstoles y la pesca
milagrosa tras la Resurrección del evangelio.
En la primera lectura Pedro anuncia lo que va a
ser el núcleo de la fe de la Iglesia, tras la venida del Espíritu en
Pentecostés: “El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros
matasteis, colgándolo de un madero. Dios lo ha exaltado con su diestra,
haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de
los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a
los que lo obedecen”.
Los apóstoles, al comienzo de su labor
evangelizadora, tiene claro que ese es el núcleo de la fe: Jesús a quien
mataron, colgándolo de un madero, ha resucitado, vive y de ello los apóstoles
fueron testigos. Nosotros, ya que nuestra fe es apostólica, creemos a los
apóstoles y su testimonio y seguimos a alguien que está vivo y camina a nuestro
lado. No seguimos a un muerto, seguimos
al que nos ha abierto las puertas del cielo y nos ha concedido ya el don de la
inmortalidad.
Este
anuncio no es un anuncio moralizante… el núcleo del anuncio es que Jesucristo vive. Los apóstoles no se entretienen en dar
consejos morales sobre nada… van al grano: “Dios lo ha exaltado con su diestra,
haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de
los pecados”. Jesús es Salvador, no sólo para el pueblo de Israel sino
para todos los pueblos, como después descubrirán los propios apóstoles y Pablo.
Ellos pueden ser testigos porque lo vieron
resucitado y recibieron el Espíritu que les dio fuerzas para esa misión. El
evangelio nos recoge la aparición del Lago: ellos esperan a Jesús en Galilea,
no logran pescar y de mañana un joven desde la orilla les dice que vuelvan a
echar las redes… y se produce la pesca milagrosa… La apariencia de Jesús,
transformada por la Resurrección, lo hace irreconocible a primera vista. En el
signo de la pesca el discípulo amado lo reconoce y, aunque “ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían
bien que era el Señor”. Los evangelios no ocultan este detalle
contundente y honesto: no era reconocible a simple vista, pero ellos sabían que
era el Señor.
Tras la pesca milagrosa llega el momento de la
curación de la herida que Pedro lleva en su interior, provocada por las
negaciones, que va a transforma la negación en entrega… ¿me amas?... ¿me
quieres?... y la misión de Jesús: “Apacienta
mis ovejas”.
Mis ovejas… Pedro, tú, pastorea lo que es mío. Las ovejas somos
nosotros y pertenecemos al Pastor que es Jesús. Jesús encomienda a Pedro el cuidado de algo que no le pertenece, sino
de aquello a lo que ha de cuidar y servir. El ministerio de Pedro y el de
cualquier bautizado no le pertenece. El único
Pastor es Cristo y todos los demás somos colaboradores en su tarea. Los ministros
ordenados deben recordar especialmente esta cuestión pues, muchas veces, cuando
el espíritu del mundo invade a los modos de actuar de la Iglesia, se puede
perder de vista que ellos siguen siendo bautizados al servicio de los
bautizados. En ese sentido el papa Francisco ha insistido mucho durante su
Pontificado. Recuerdo, con especial cariño, el lema de este escudo episcopal: «Pasceme, Domine, et pasce mecum» (Apaciéntame, Señor,
y apacienta conmigo). Humildad en la labor: he de ser apacentado para poder
apacentar.
Quisiera terminar con estas palabras del
Documento Conciliar Lumen Gentium: “Cada laico debe ser ante el mundo un
testigo de la Resurrección y de la vida del Señor Jesús y una señal del Dios
vivo. Todos juntos y cada uno de por sí deben alimentar al mundo con frutos
espirituales (cf. Ga 5,
22) y difundir en él el espíritu de que están animados aquellos pobres, mansos
y pacíficos, a quienes el Señor en el Evangelio proclamó bienaventurados
(cf. Mt 5, 3-9). En
una palabra, «lo que el alma es en el cuerpo, esto han de ser los cristianos en
el mundo» LG, 38.
Feliz encuentro inesperado y reconciliador con
el Resucitado.
J.A.
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