Era verdad, ha resucitado el Señor


Hoy es Miércoles de la Octava de Pascua. El Señor continua
desvelando el sentido del Sepulcro vacío. Para ello lo hace en persona, como ayer con María. Las lecturas nos siguen recordando que es Jesús en persona el que “se deja ver” ( ὤφθη Luc 24, 33 ). Hoy, en concreto, a los discípulos de Emaús.

Hoy le toca el turno a estos dos discípulos, que han recibido noticia
de que el cuerpo del Señor no está en el sepulcro y que las mujeres han recibido una aparición de ángeles, y algunos de los doce han comprobado que el sepulcro está vacío… pero, a pesar de todo, van desanimados por el camino.

Me recuerda tanto este estado anímico de los discípulos y de otros
amigos míos a mí mismo… cuando el Señor da señales inequívocas de haber actuado en nuestras vidas y, a pesar de ello, las nubes aparecen en el horizonte… Muchas veces el desánimo puede esconder un no haber conseguido unas determinadas expectativas personales y lo reflejamos echando la culpa al Señor que “podría haber hecho las cosas de otra forma”.

Los discípulos vienen “desencantados” y, de nuevo, es el Señor el
que tiene que sacarlos del desencanto y la decepción “mostrándose” a ellos y enseñándoles directamente que era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria:
ἔδει παθεῖν τὸν Χριστὸν καὶ εἰσελθεῖν εἰς τὴν δόξαν αὐτοῦ. Era
necesario… igual que el Señor entiende que no podamos dar el salto de ver ese “es necesario” y que descubramos que ha dado señales de que ha resucitado por nosotros mismos. Es algo que, si no somos ayudados por Cristo, no podemos hacerlo por nuestra propia lógica.

La palabra de Jesús tiene fuerza frente a los aparentes fracasos, por
eso les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras y ellos,
arrobados por esta presencia misteriosa, pero real… le pidieron:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Jesús con su palabra les ha abierto el entendimiento y ellos han
comprendido y los ha conseguido sacar del desánimo que en el fondo era expresión del fracaso de las propias expectativas por ello les nace de forma natural y del corazón el decirle: «Quédate con nosotros.
Jesús ha preparado el terreno y ahora se les muestra en el partir el
pan y es el momento en que a ellos se les abren los ojos para poder reconocerlo: Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la
bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.

El señor, como siempre que aparece en nuestra vida para aclarar
algo importante, no se deja atrapar: Pero él desapareció de su vista.
Porque una cosa es caminar a nuestro lado y otra hacer el camino que personalmente hemos de hacer cada uno de nosotros. Dios nos acompaña, pero no nos sustituye en nuestros pasos. Eso sí: aparece justo en el momento que necesitamos para dejar claro que no estamos solos.

La experiencia que es personal («¿No ardía nuestro corazón
mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?») pasa a ser comunitaria cuando regresan a Jerusalén (encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón»).

El texto es una catequesis perfecta para nosotros individualmente y
como comunidad. El encuentro personal con el Resucitado es lo único que antes o después puede transformarnos la vida y lanzarnos a la Misión. A una Misión alentada por el propio Jesús y en la que ya, de una forma u otra, él se encarga de que todos y cada uno de nosotros podamos constatar su presencia entre nosotros. Una presencia “no manipulable”, que no nos pertenece ya que “desaparece” hasta otra ocasión y no se deja atrapar.

Caminemos juntos a la luz de la Pascua. Luz que confirma su
presencia y su encuentro personal con cada uno de nosotros y con la Comunidad. Y no olvidemos: nosotros solos no podemos dar el salto, es él el que tiene que caminar a nuestro lado y abrirnos los ojos.

Buen Camino.

J.A.

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