«El Señor lo necesita»

 

Estas son las palabras con las que el Maestro va a pedir a los discípulos que le preparen el asno con el que entrará en la Ciudad Santa donde el Padre le ha pedido a Jesús que consume su obra plenamente. En su interior, el Señor se sentiría empujado por el Espíritu a realizar los signos que querían evidenciar que el Reino y el Mesías-Rey iba a entrar en Jerusalén. Esos signos cumplían plenamente las Escrituras. El Señor ofrece solemnemente, por última vez, la posibilidad de que puedan acogerlo como Mesías.

La gente se llena de júbilo y lo aclama “por todos los milagros que habían visto”. A la gente las llena el júbilo y a las autoridades judías, que temen a Jesús, en esta proclamación los invade el miedo. Lo que pierden totalmente de vista, de nuevo, es la auténtica realeza de Jesús: la del Mesías sufriente que va a dar su vida en rescate por todos. Este plan ya no entra tan de lleno en el horizonte de los que contemplan la escena. De hecho el significado profundo de estos gestos de Jesús será iluminado por el propio Jesús tras su Resurrección a la luz del Espíritu Santo tal y como lo narra san Juan: Al principio sus discípulos no comprendieron esto, pero cuando Jesús fue glorificado, entonces recordaron que estas cosas estaban escritas acerca de él, y que fueron precisamente éstas las que le hicieron.

El Evangelio se centra en la Pasíón de Lucas y las lecturas nos recuerdan que Cristo se humilló a sí mismo hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Jesús ha aceptado voluntariamente y, desde su humanidad, el plan del Padre que pasa por forma de testimonio y entrega tan desconcertante,  humanamente hablando. El Mesías Rey no va a imponer a la fuerza su Reino, no va a llenar las expectativas del pueblo a lo grande, no va a echar a los romanos de su tierra y va a inagurar el dominio de Israel sobre todos los pueblos. La actitud de Jesús durante toda su Pasión va a ser la misma que ha mantenido toda su vida: va a seguir pendiente de la voluntad del Padre y de los demás. En la última cena va a dejarles a los apóstoles y su futura Iglesia el signo con el que siempre nos uniremos a su entrega y su persona: la Eucaristía, en el huerto de los olivos va a experimentar la soledad más absoluta y la lucha interior que le lleva a pedir al Padre el poder pasar esa hora sin beber ese cáliz, pero va a dejar claro que se haga la voluntad del Padre, no la suya. Se va a entregar voluntariamente y en unos momentos guardará silencio, mientras que en otros dará solemne testimonio de su Mesianismo y Realeza… va a estar movido por el Padre en todo momento durante la Pasión.

La Pasión es el mayor gesto del Amor por toda la humanidad de parte de Dios. En una humanidad dividida por el pecado y el mal sólo la confianza plena en el Padre y la entrega total a los hermanos puede salvarla. La realidad que mejor encarna esta doble fidelidad al Padre y los hermanos y la humanidad entera es la Cruz.

Desde la cruz Lucas subraya la actitud de entrega de Jesús. Hoy nos lo ha recordado el papa Francisco en su homilía del domingo de Ramos: “Salvarse a sí mismo, cuidarse a sí mismo, pensar en sí mismo; no en los demás, sino solamente en la propia salud, en el propio éxito, en los propios intereses; en el tener, en el poder y en la apariencia. Sálvate a ti mismo: es el estribillo de la humanidad que ha crucificado al Señor. Reflexionemos sobre esto.”

En el texto de Lucas se subraya mucho el Perdón de Jesús en la Cruz, él en el sermón del monte nos había recordado que la perfección consistía precisamente en eso: amar a todos, especialmente a los enemigos. El papa Francisco nos lo ha recordado hoy, también, en la homilía: Allí, mientras es crucificado, en el momento más duro, Jesús vive su mandamiento más difícil: el amor por los enemigos. Pensemos en alguien que nos haya herido, ofendido, desilusionado; en alguien que nos haya hecho enojar, que no nos haya comprendido o no haya sido un buen ejemplo. ¡Cuánto tiempo perdemos pensando en quienes nos han hecho daño! Y también mirándonos dentro de nosotros mismos y lamiéndonos las heridas que nos han causado los otros, la vida, la historia.

Siempre estamos a tiempo, nunca es tarde para hacer nuestros los sentimientos de Jesús. Hacer nuestros sus sentimientos, por otro lado, es una tarea que es pura gracia y regalo suyo: depende de él exclusivamente: nosotros podemos poner nuestro deseo, pero es él el que ha de transformarnos.

La actitud de Jesús durante su pasión no deja indiferente a nadie: a Pedro (al que le echa una mirada tras la negaciones), a Herodes (que se burla claramente de Jesús), a Pilato (que anda una y otra vez reconociendo que es justo e intentando soltarlo), a las mujeres de Jerusalén que lloran por él y él se compadece de ellas, al buen ladrón, que pide que se acuerde de él cuando entre en su Reino, al Centurión que al ver cómo moría acaba exclamando: Realmente, este hombre era justo, a Nicodemo y José de Arimatea que se lo juegan todo al dar la cara por el ajusticiado, a las mujeres que lo acompañan hasta el final.

Os deseo, hoy domingo de Ramos, la mirada de las mujeres. Las mujeres que lo habían seguido desde Galilea vieron el sepulcro y cómo había sido colocado su cuerpo. Al regresar, prepararon aromas y mirra. Pongamos los ojos bien fijos en el sitio donde lo han puesto porque dentro de una semana se nos anunciará que el Sepulcro está vacío y preparemos los aromas y la mirra. Los aromas de nuestros dones recibidos por Dios para entregarlos generosamente a los demás y la mirra que nos recuerde nuestra parte más débil, humana y pecadora, que junto con nuestros dones y carismas serán glorificados en la mañana de Pascua, cuando el cuerpo glorioso de nuestro Señor se levante resucitado.

Feliz Semana Santa.

J.A.

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