Ellos lo tomaron por un delirio 

            Celebramos el acontecimiento fundamental y fundante de nuestra fe, aquél sin el cual nuestra fe carecería se sentido: LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR JESÚS.

            En la misa de Vigilia Lucas nos recuerda cómo las mujeres, que habían contemplado dónde habían colocado el cuerpo del Señor, acuden con los ungüentos y aromas al Sepulcro y encuentran la piedra quitada y el sepulcro vacío y, desconcertadas, encontraron a dos hombres que les preguntaron ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí. Ha resucitado.  Acordaos de lo que os dijo estando todavía en Galilea: “El Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar”. Ellas que “evidentemente” no esperaban esta sorpresa fueron hasta los apóstoles y contaron lo visto, pero ellos no las creyeron y lo que contaron lo tomaron por un delirio. Pedro se anima a ir al sepulcro, comprobando que está vacío y se volvió, admirándose de lo sucedido.

            El Evangelio de Juan que proclamamos en la mañana de Pascua nos recuerda que María, encontrando el sepulcro vacío, interpretó que el cuerpo había sido robado y así lo transmite a los apóstoles. Después de esto salen corriendo al sepulcro el discípulo amado y Pedro. El primero llega antes y espera a Pedro. Pedro entra y se queda pensativo al ver los lienzos por el suelo y el sudario con el que habían cubierto su cabeza enrollado aparte. El discípulo amado vio y creyó.  Y nos recuerda el evangelio que: “hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

            Preparando estas líneas he consultado algunos comentarios y recojo uno de ellos. Ante la realidad de la Resurrección podemos tener tres actitudes: la de María Magdalena que piensa que el cuerpo ha sido robado (todo ha sido un fraude), la de Pedro (el desconcierto) y la del discípulo amado (vio y creyó). Creo que estas tres actitudes están perfectamente recogidas en estos tres personajes a los que alcanza la sorpresa de Dios.

            Yo añadiría un detalle, que creo importante: esas actitudes en esas tres personas van a ser en el caso de María y Pedro confirmados en la fe por las apariciones que tendrán del Señor resucitado. En el caso del discípulo amado la confirmación firme y definitiva: está vivo.

            Dejando aparte interpretaciones simbólicas está claro que la Resurrección es la gran sorpresa de Dios para la Humanidad. Dios nos entregó su Hijo, que nosotros entregamos a la muerte, y que ahora nos lo devuelve resucitado.

            Dejando a un lado las simbologías que parecen dar rodeos y rodeos para evitar proclamar la Resurrección física y real de Jesús, reduciéndola a una experiencia “mística” donde sólo puede alcanzar la fe y donde “el lenguaje se muestra insuficiente”… los textos están ahí “tal cual” escritos para todos: para ti y para mí, por los evangelistas que no eran teólogos en el sentido moderno del término y para las primeras comunidades, que no habían tenido que ir a estudiar Teología.

            Los apóstoles, María Magdalena, las mujeres…. Pudieron salir de su miedo y desconcierto porque ante una verdad tan grande el Resucitado se mostró vivo ante ellos. De otra forma hubiera sido imposible dar ese salto. Ellos dieron el salto de la fe ayudados por Jesús.

            La primera lectura recuerda esta experiencia fundante de los apóstoles. Pedro anuncia a Jesús recordando que pasó haciendo el bien … porque Dios estaba con él… nos recuerda que fue asesinado por las autoridades y que le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros que hemos comido y bebido con él después de la Resurrección de entre los muertos. A ellos les ha dado el encargo de proclamar su Resurrección y soberanía sobre la muerte.

            Esta es la clave de hoy: ¿nos creemos o no la Resurrección hoy?  Si no lo vemos como lo plantean los textos, no hemos de abrumarnos porque la gracia de creer en este fundamento de nuestra fe es una gracia que Dios concede al corazón cuando se abre confiado a su acción.

            Siempre me gusta recordar estas palabras de Monseñor Don José Asenjo en el día de Resurrección (el obispo auxiliar de Sevilla) porque, para mi gusto recogen a la perfección cuál debe ser el sentido de la brújula a la hora de contemplar este Misterio y de hablar hoy de la Resurrección:

            Creer en la Resurrección es el punto fundamental de nuestra fe. La resurrección entendida no como un recuerdo en el ánimo de los apóstoles, como algo espiritual. La Resurrección entendida como un hecho histórico. La Resurrección del Señor es el foco que ilumina toda la vida de Jesús. Sin la Resurrección de Jesús la Encarnación no tendría sentido, ni su muerte nos habría redimido ni sus prodigios serían milagros. ¿Qué sería de nosotros si el Señor no hubiera resucitado? ¿Para qué serviría nuestra Iglesia, los sacramentos, la Eucaristía, la oración, la religiosidad popular, el esfuerzo moral, si Jesús no hubiera sido rescatado de la muerte? No exagera San Pablo al decir que, si Jesús no ha resucitado, vana es nuestra fe, vana nuestra esperanza, somos los más desgraciados de los hombres porque creeríamos en vano, esperaríamos en vano, daríamos culto al vacío, y el cristianismo sería la más amarga estafa cometida jamás. Sin embargo, la Palabra de Dios nos dice que Jesús resucitó, no simbólicamente sino realmente, históricamente. Jesús resucitó verdaderamente. 

Jesús está vivo y es una persona contemporánea nuestra. De esta verdad de la Resurrección se deduce que él quiere establecer una relación personal e íntima con nosotros. Quiere ser el sentido, la vida, la fuente de nuestra esperanza. De la Resurrección del Señor se deduce, por otro lado, nuestra resurrección de la muerte. Cristo nos ha abierto las puertas del cielo. Somos ciudadanos del cielo al que estamos destinados gracias a la Resurrección del Señor. No somos seres para la muerte sino para la vida. Nuestra esperanza está ya puesta en el cielo. Que María mantenga nuestra esperanza y espera en que Dios tiene su última palabra ante el sufrimiento y la muerte.

 

            Feliz Domingo de Pascua

            J.A.

 

           

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