Ha
vuelto tu hermano
Hoy, domingo cuarto de Cuaresma la Iglesia
anticipa la alegría pascual y se vista de “rosa”. El gozo de la cercanía
de la Pascua nos abre alegra profundamente el corazón.
El evangelio
de Lucas nos habla de una parábola conocida por todos: la del hijo pródigo,
la de los dos hermanos y el Padre o la del Padre bueno.
Hoy he
recordado el comentario que uno de mis compañeros profesores me hizo cuando yo
trabajaba en la enseñanza privada (el Colegio era religioso). En uno de los
encuentros que nos mandaban realizar para “actualizar el carisma” del Colegio…
me decía ¿granaino, te has dado cuenta de que Dios es muy injusto? Yo me quedé
muy parado con aquella “salida” y más proveniente de uno de los mejores profesores
del Colegio… y al preguntarle, me intentó hacer caer en la cuenta de que en la
parábola del Hijo pródigo se ve muy clarito que Dios es injusto. La
conversación se cortaba y con el tiempo entendí que el corazón del que venía
era justo, pero a la manera de los hombres, no de Dios.
Dios es “aparentemente
justo” para el que cree que cumple con todo lo que tiene que cumplir, es
perfecto y se atreve a dar el paso siguiente: desprecia a los demás. La
parábola la introduce el evangelista recordándonos exactamente que ese es su
tema central. Jesús es criticado por acoger y comer con pecadores. El ataque
es a Jesús. Un buen profeta, un buen enviado de Dios… no puede perder las
formas, no puede acercarse al mundo difícil y embarrarse …no, un buen profeta
ha de saber estar en su sitio, cumplir, ser perfecto… porque, a la forma humana,
en eso consiste la perfección. Seguir la voluntad de Dios necesita de un
máster especial, de unas clases de formación especiales, de tener una pasta
distinta a los demás hermanos… Seguir al Señor se convierte en un logro
personal, en un merecerse las cosas porque nos las hemos ganado a base de
cumplimiento, de ascéticas y conocimientos especiales…
La verdad es
que la actitud del Padre bueno demuestra todo lo contrario. El Padre da la
herencia sin rechistar, se arriesga a que su hijo pueda perderse (cosa que
nunca desearía), lo espera, lo ve venir de lejos, no deja que hable porque se
lo come a besos (así se dice en el original griego), lo viste de fiesta y
prepara un banquete… y todo esto lo hace porque lo comprende profundamente y lo
acepta desde el amor infinito que le tiene.
Pero el
Padre conoce también los celos que despierta esta actitud en el mayor. El mayor
es un ejemplo de perfección al estilo del cumplimiento… el mayor reprocha al Padre
la actitud con el pequeño y desprecia a su hermano.
La
perfección… Hace unos días leíamos que la perfección consiste en ser como es Dios
“que hace salir el sol sobre justos e injustos”, la perfección está en el amor
que entiende y comprende siempre. Dios sabe de sobra que todos nosotros,
todos, a su lado somos imperfectos. Nadie merece el amor y la acogida del Padre
por méritos propios, sino sólo como un don, como una gracia y un regalo del
único que puede ser bueno y santo: Dios.
El ideal
falso de perfección que lleva a los hermanos a despreciar a los demás y a cuestionar
incluso que Dios sea Padre acogedor y sin ningún tipo de filtro es una idea que
ha apartado seriamente a mucha gente de Dios y los ha cerrado a la realidad del
Evangelio. Por desgracia ha apartado a los más cercanos “aparentemente” a su
persona y los “más dedicados” a enseñar y dispensar sus misterios… y, por
desgracia, ha alejado a muchos de la auténtica imagen de Dios: la que Jesús nos
propone en esta parábola.
El otro día
veía cómo un grupo de personas que no han participado, en su mayoría activamente,
en un solemne septenario trasladaban a un crucificado que iban a procesionar
por las calles del pueblo. Sus caras, su manos, su corazón estaba lleno de emoción.
Las lágrimas les caían y la emoción los embargaba… Yo había estado leyendo la Pasión
de san Juan mientras realizaban el traslado y algo les había dicho…, pero ellos
me dejaron sin palabras. Ni una sola palabra. Tuve que reconocer que lo que
yo hubiera podido decirles al lado de lo que comprobaba que llevaban dentro: no
era nada.
Cómo nos
cuesta pasar de la Iglesia de los discursos, de las ideas, de las leyes y
normas, de los escrúpulos… a la iglesia del encuentro con el Padre que nos ama
a todos, a la Iglesia que pone el acento en la persona y no en la ley … a la
Iglesia Madre.
Eso pido
hoy al Señor: una Iglesia Madre con el corazón del Padre del hijo pródigo.
IV Domingo
de Cuaresma.
J.A.
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