Hablaban de su éxodo
En este segundo domingo de Cuaresma,
como todos los años, el Evangelio vuelve a recordarnos el episodio de la
Transfiguración. Hemos pasado del desierto, donde Jesús ha sido tentado por Satanás,
al monte Tabor, donde al igual que en el Jordán el Padre va a confirmar que
Jesús “Es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo”.
No podemos olvidar que este
acontecimiento sucede para el bien de los apóstoles, para nuestro bien, también.
Jesús escoge a los tres predilectos: Pedro, Santiago y Juan sube al monte a
orar y, estando en oración, se transfigura delante de ellos. El aspecto de su
rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor. Aparecen junto a Jesús
Moisés y Elías (Moisés simboliza la ley y Elías simboliza los profetas) que
hablaban de su éxodo que iba a consumar en Jerusalén.
Pedro, Santiago y Juan, que se caían
de sueño, se espabilaron y vieron su gloria. La intervención de Pedro apunta a
quedarse en ese lugar (¡Qué bien se está aquí!). En ese momento se oye la
voz del Padre que vuelve a ratificar a Jesús: «Este es mi Hijo, el Elegido,
escuchadlo». Después quedan todos solos y Lucas nos recuerda que ellos guardaron
silencio y no dijeron nada de lo sucedido.
Si leemos la versión de Marcos, que
se proclama en el ciclo B, se nos dice que “ Cuando bajaban del monte,
les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del
hombre resucitara de entre los muertos. Esto se les quedó grabado y discutían
qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos”.
Marcos es más explícito en contarnos la
orden de no contar a nadie lo visto hasta que el Hijo del hombre resucitara y la
perplejidad de los apóstoles que no entendían que significaba aquello de
resucitar de entre los muertos.
Jesús ha querido que en medio de la
oración que mantiene con el Padre, los apóstoles vean y escuchen lo sucedido. Ha
querido prevenirlos de que su mesianismo (en la línea del profeta Isaías) pasa
por la Cruz, pero que han de guardar silencio hasta el momento de la Resurrección.
No acaban de entender que el Mesianismo tenga que pasar por el rechazo, el
fracaso y la muerte, como tampoco entienden qué significa eso de Resucitar de entre
los muertos. No acabarían de entender eso “de guardar silencio” en espera de la
Resurrección.
Si el domingo pasado llegábamos a la
conclusión de que la tentación, sin la ayuda de Dios, no puede ser superada y que
no podemos entrar en diálogo con el mal… hoy se nos recuerda que entender que
la forma de salvarnos y entregarse a nosotros de Jesús (pasando por la Cruz) y
la realidad de la Resurrección no puede ser asimilada si no se nos es revelada por
el propio Jesús. Nuestra manera de entender el mundo y de llevar a cabo
nuestros planes y proyectos están muy lejos, en muchas ocasiones, de esta
manera oculta, débil en apariencia y sencilla que muestra Jesús y que, sin
embargo, es la que Dios ha querido. El camino elegido por el Padre pasa por la
Cruz. Así es: no hay Resurrección sin Cruz.
Si no nos eleva Jesús hasta el monte
santo, si no escuchamos la palabra reveladora del Padre… nosotros, por
nosotros mismos, no podemos llegar a esta realidad profunda.
Hoy el evangelio nos recuerda el
final del camino Cuaresmal: la entrega de Jesús a la muerte por obediencia al
Padre y amor a todos nosotros como la máxima expresión del amor de Dios.
Hoy el evangelio nos recuerda que esta forma de entrega es glorificada en la
Resurrección de Cristo de la que participamos y participaremos plenamente todos.
Que la luz de la Transfiguración y la
voz del Padre nos fortalezcan en este camino, en apariencia, inútil a los ojos del mundo, pero
lleno de gloria y poder a los ojos de Dios. Entretanto entremos en este
misterio movidos por el amor y no tanto por la “lógica más humana”. Esta
realidad sólo puede ser aceptada y entendida desde el amor y la transformación/transfiguración
interior.
Buen domingo.
José Andrés.
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